PARTE 1
—En esta casa, la que manda soy yo. Tu esposa solo sirve para parir y lavar platos.
Escuché a mi madre decirlo mientras repartía tequila y birria entre casi veinte parientes sentados en el patio de mi casa, en Guadalajara. Nadie sabía que yo había llegado antes del trabajo.
Me llamo Diego Ramírez, soy ingeniero de obra y aquel viernes era el primer cumpleaños de mi hijo Mateo. Había pedido salir temprano para sorprender a Mariana, mi esposa. Compré un pastel, un pequeño dije con la letra M para el niño y el vestido azul que ella llevaba semanas mirando por internet sin atreverse a pedir.
Cada mes transfería treinta mil pesos a mi madre, Teresa. Vivía con nosotros desde que Mariana dio a luz y, según ella, se encargaba de la despensa, los recibos y de ayudar con el bebé. Cuando yo llamaba desde las obras, Mariana siempre repetía que todo estaba bien.
Al doblar hacia mi calle vi camionetas y autos bloqueando la entrada. La música se escuchaba desde media cuadra. Dentro había mesas llenas de cortes, mariscos, botellas caras y charolas de postres. Mi madre, con vestido nuevo y joyas, presumía:
—Mi hijo gana muy bien. Me da dinero para que yo atienda a la familia como se merece.
Una tía preguntó por Mariana.
—En la cocina —respondió Teresa—. Le ordené preparar todo. Se cree delicada porque tuvo un hijo. Pero una mujer mantenida debe ganarse el plato.
Rodeé la casa y entré por la puerta de servicio.
Mariana estaba sentada en un banco de plástico, rodeada de ollas y platos grasosos. Con un brazo sostenía a Mateo, ardiendo de fiebre; con la otra mano tallaba una cazuela. Entre los labios llevaba un pedazo de bolillo seco. Su camiseta estaba empapada, sus mejillas hundidas y sus muñecas parecían de papel.
Cuando me vio, dejó caer el pan.
—Diego… tu mamá dijo que no podía parar. Falta servir el café.
Tomé a Mateo. Respiraba rápido y tenía los ojos vidriosos. Luego sujeté la mano de Mariana.
—Nos vamos.
Ella miró hacia el comedor, aterrada.
—Se va a enojar.
Esa frase me destrozó más que cualquier insulto.
Saqué a mi esposa y a mi hijo por la puerta trasera, los instalé en el auto y llamé al 911. Expliqué que había personas dentro de mi propiedad sin mi autorización, que mi esposa había sido obligada a trabajar mientras cuidaba a un bebé enfermo y que temía por su seguridad. También pedí una ambulancia.
Minutos después llegaron patrullas y paramédicos. Desde el coche vi cómo la fiesta se detenía. Mi madre salió gritando que la casa era suya, empujó a una agente y se negó a identificarse. Mi primo Óscar intentó escapar con una carpeta bajo la chamarra, pero lo detuvieron en la puerta.
La policía recuperó la carpeta. Dentro estaba la escritura original de mi casa.
Miré a mi madre esposada, todavía insultando a Mariana, y comprendí que la fiesta no era solo una humillación.
Era una operación para robarnos.
No podía creer lo que estaba a punto de ocurrir…
PARTE 2