Llevé a Mateo a urgencias. Tenía una infección respiratoria y deshidratación. Mientras lo atendían, Mariana se cambió de ropa y vi moretones en sus brazos y espalda. Primero dijo que se golpeaba con los muebles. Después se derrumbó.
Teresa guardaba bajo llave la comida que yo compraba. Vendía parte de la fórmula del bebé, se quedaba con el dinero y obligaba a Mariana a comer tortillas duras con frijoles. Si protestaba, la pellizcaba o la golpeaba donde la ropa pudiera ocultarlo.
La semana anterior, Mateo había tenido fiebre alta. Mariana pidió dinero para llevarlo al médico. Mi madre se negó. Para pagar la consulta, mi esposa empeñó su anillo de bodas.
Mientras yo lloraba de vergüenza, recibió una llamada de la comandancia. Teresa exigía que retirara la denuncia y acusaba a Mariana de robar una cadena. Pedí hablar con el oficial y confirmé que Óscar no tenía permiso para entrar en mi casa ni tocar mis documentos.
Cuando lo revisaron, encontraron además un poder notarial con mi firma falsificada. Autorizaba usar mi vivienda como garantía de un préstamo.
Teresa se desmayó al verlo.
Esa noche revisé las cámaras antiguas que había instalado meses atrás. Mi madre creía que estaban desconectadas. Los videos mostraban cómo maltrataba a Mariana, cómo sacaba joyas del dormitorio y cómo entregaba documentos a Óscar.
Tres días después, Teresa reunió a la familia en su habitación del hospital. Me exigieron vender mi casa, pagar las deudas de Óscar y divorciarme de “la mujer que había destruido a la familia”. Conecté una memoria al televisor y reproduje los videos.
Los mismos parientes que insultaban a Mariana comenzaron a reclamarle a mi madre. Ella les había prometido ganancias en un supuesto desarrollo de terrenos cerca de Tlajomulco. Todos habían entregado ahorros. El proyecto no existía.
Creí que la verdad ya estaba completa, pero entonces me llamó un banco. Había un crédito empresarial por tres millones de pesos a nombre de una compañía de Óscar, respaldado con mi casa y con una firma casi idéntica a la mía.
En las imágenes de una notaría aparecían mi madre, mi primo y un hombre vestido como yo.
Presenté la denuncia ante la Fiscalía de Jalisco. Ese mismo día, Mariana volvió a marearse. Los análisis detectaron sedantes en su sangre. Encontré las pastillas escondidas dentro de un frasco de vitaminas que Teresa le había dado “para recuperarse del parto”.
Mi madre no solo quería dejar a Mariana sin fuerzas. Quería hacerla parecer inestable para quitarle a Mateo, echarla de la casa y controlar todos mis bienes.
La Fiscalía me pidió colaborar en una entrega vigilada para identificar a la red de prestamistas y al notario corrupto. Yo fingiría que vendería la casa y pagaría la deuda.
Acepté.
Pero antes de la cita, Teresa pronunció una frase que terminó de matar al hijo obediente que yo había sido:
—Esposa puedes conseguir otra. La sangre de la familia no se abandona.
En ese instante entendí que, al día siguiente, uno de nosotros perdería todo.
Y nadie en aquella habitación imaginaba quién sería.
PARTE 3