Mi esposa lloraba frente a 80 invitados en mi funeral, pero cuando todos se fueron la oí murmurar: “Ahora la empresa será nuestra”. Desde el ataúd reconocí la voz del hombre que consideraba mi hermano; no dije una palabra al despertar, llamé a mi abogado y le pedí revisar 22 meses de facturas, donde apareció un secreto que ninguno esperaba.

PARTE 1

—Gracias por hacer que pareciera un accidente —susurró Verónica junto al ataúd de su esposo—. Nadie descubrirá la verdad.

Alejandro Morales escuchó cada palabra desde la oscuridad.

Tres semanas antes, había salido de su empresa de transporte en Guadalajara bajo una lluvia que convertía Periférico Sur en un espejo. A sus cuarenta y dos años, Alejandro era dueño de Rutas Morales, una compañía que comenzó con una camioneta refrigerada y ahora operaba treinta y seis tráileres entre Jalisco, Guanajuato, Querétaro y Michoacán. Era exigente, pero justo. Conocía a sus choferes por nombre, revisaba personalmente los gastos de combustible y jamás pedía a nadie algo que él no estuviera dispuesto a hacer.

Verónica, su esposa desde hacía catorce años, administraba las finanzas. Rodrigo Ibarra, su mejor amigo desde la universidad, era socio minoritario y director comercial. Alejandro confiaba en ambos con la misma tranquilidad con la que confiaba en sus propias manos.

Los tres eran conocidos en el sector como una familia inseparable. Celebraban contratos juntos, compartían domingos y hasta habían sido padrinos de los hijos de varios empleados. Nadie imaginaba que, detrás de esa imagen, ya se estaba preparando una traición.

Últimamente, sin embargo, algo había cambiado. Verónica contestaba llamadas a escondidas, viajaba sin registrar hoteles en la cuenta corporativa y evitaba mirarlo durante la cena. Rodrigo aparecía demasiado seguido en su oficina después del horario laboral. Alejandro quiso creer que era estrés. La empresa acababa de ganar un contrato importante con una cadena de supermercados y todos trabajaban al límite.

Aquella noche, al bajar por la rampa del estacionamiento, Alejandro sintió el pedal del freno demasiado suave. Bombeó una vez. Luego otra. Nada.

El automóvil ganó velocidad. Las luces se deformaron detrás del agua. Intentó girar antes de impactar contra la barrera metálica, pero reaccionó tarde, como si su cuerpo no obedeciera. Recordó el golpe, el vidrio explotando y un sabor amargo en la lengua. Después, silencio.

Permaneció en coma durante veintiún días en una clínica privada. La madrugada del día veintidós, sus signos vitales cayeron hasta volverse casi imperceptibles. Un médico declaró la muerte. Verónica pidió que no lo embalsamaran porque sería cremado después del velorio, una decisión que nadie cuestionó.

Horas más tarde, Alejandro despertó sin poder abrir los ojos ni mover un músculo.

Olía a lirios. Escuchaba un órgano, llantos contenidos y voces que repetían que había sido un gran hombre. Comprendió, poco a poco, que estaba dentro de un ataúd.

Intentó gritar. Nada.

Intentó mover los dedos. Nada.

Entonces oyó dos pasos acercarse. Una mano se apoyó sobre la madera.

—El informe quedó limpio —murmuró Rodrigo—. Lluvia, exceso de velocidad y una falla mecánica. Eso dirán todos.

—¿Y el sedante?

—Ya no importa.

Alejandro sintió que el terror se transformaba en una rabia helada.

—Gracias por hacer que pareciera un accidente —repitió Verónica—. Cuando lo cremen, todo terminará.

Los dos se alejaron mientras el sacerdote anunciaba la última oración.

Alejandro quedó inmóvil, enterrado en su propio cuerpo, sabiendo que la mujer que había amado y el hombre al que llamaba hermano habían intentado matarlo.

Y todavía no podía creer lo que estaba a punto de ocurrir…

PARTE 2