El velorio terminó poco después de las nueve. Las luces se apagaron una por una y el silencio llenó la funeraria.
Alejandro concentró toda su voluntad en el dedo índice de la mano derecha. Durante casi una hora no ocurrió nada. Después sintió un temblor mínimo. Insistió hasta mover la mano, luego el brazo. Cuando logró incorporarse, cayó de lado dentro del ataúd, jadeando como si hubiera salido del fondo de un río.
Un empleado de limpieza entró y soltó un grito. El director funerario llamó a la doctora Lucía Barragán, quien había atendido a Alejandro durante el coma. Al verlo sentado con el traje del funeral, ella palideció.
Tras revisarlo, concluyó que un sedante combinado con hipotermia y una alteración neurológica había reducido sus signos vitales hasta engañar los monitores. Era extraordinario, pero posible. Alejandro le pidió discreción. Si Verónica y Rodrigo descubrían que seguía vivo, intentarían terminar el trabajo.
La primera persona a la que llamó fue Javier, su hermano menor, médico de urgencias en el Hospital Civil. Javier llegó antes del amanecer y lo abrazó sin poder contener el llanto.
Alejandro le contó lo que había escuchado.
—No vamos a enfrentarlos todavía —dijo Javier—. Primero necesitamos pruebas.
Revisó los análisis tomados después del choque y encontró un compuesto sedante que Alejandro nunca había usado. Luego contactaron a Mauricio Cárdenas, abogado de confianza de la familia. Los tres se ocultaron en una casa de renta que Alejandro poseía en Tlaquepaque y que Verónica apenas recordaba.
Mauricio accedió a los archivos empresariales. En menos de una hora encontró dos cambios realizados tres meses antes del accidente: la póliza de vida de Alejandro había triplicado su cobertura y un convenio de socios nombraba a Rodrigo beneficiario de una parte de la empresa si Alejandro moría. La firma parecía suya, pero era falsa.
Esa misma tarde, Elena Cruz, asistente ejecutiva de Alejandro, escribió a Javier. Había detectado pagos sospechosos y no sabía en quién confiar. Cuando llegó a la casa y vio a Alejandro vivo, casi se desmayó.
Elena llevaba seis semanas guardando copias. Tres proveedores inexistentes habían recibido transferencias por más de ocho millones de pesos. Rodrigo autorizaba los pagos y Verónica los aprobaba desde finanzas.
Pero el hallazgo más grave apareció en un archivo antiguo: dos años atrás, durante un viaje a Chapala, el motor de una lancha había fallado y Alejandro casi se ahogó. Verónica había preparado un reclamo de seguro antes del viaje y lo canceló después de que él sobreviviera.
No era el primer intento.
Mauricio entregó el expediente a la Fiscalía de Jalisco. Un agente aceptó abrir una investigación secreta, pero pidió una oportunidad para detenerlos con las manos en la masa.
La oportunidad llegó cuando Rodrigo convocó a una reunión urgente del consejo para nombrarse director general definitivo.
El jueves, mientras Rodrigo hablaba de “continuidad” y Verónica preparaba los documentos para apropiarse de la empresa, las puertas de la sala comenzaron a abrirse.
Y la persona que entró hizo que ambos sintieran que un muerto acababa de regresar para juzgarlos.
PARTE 3