—No pienso volver. Tú tampoco necesitas ciento cuarenta metros cuadrados para dormir en un estudio.
La frase lo golpeó.
—Eso no es justo.
—¿Qué parte? ¿La casa vacía o el estudio?
—Yo me mudé al estudio porque necesitábamos espacio.
—No. Te mudaste al estudio porque castigar con silencio era más cómodo que hablar.
Daniel apretó la mandíbula.
—Tú también dejaste de hablar.
—Sí. Cuando entendí que hablaba sola.
El carpintero golpeó algo en el fondo.
Marta gritó:
—¡Le dije que treinta centímetros más bajo!
El absurdo del momento casi me hizo reír.
Daniel me miró con una extraña tristeza.
—Has cambiado.
—No. Dejé de esforzarme para que no lo notaras.
Se quedó en silencio.
Luego sus ojos bajaron a mi abrigo.
No sé si por casualidad.
No sé si por intuición.
Pero se detuvieron un segundo más en mi abdomen.
Me tensé.
—¿Estás bien de salud? —preguntó.
—Sí.
—Te ves cansada.
—Estoy abriendo un negocio y divorciándome.
—Clara…
—Daniel, ¿a qué viniste?
Respiró.
—No sé.
Esa respuesta, por primera vez, sonó honesta.
—La noche que pedí el divorcio pensé que reaccionarías. Que hablaríamos. Que quizá…
—¿Que quizá qué?
—Que quizá entenderías que no podíamos seguir así.
—Lo entendí.
—Pero no así.
—Ah —dije—. Querías usar el divorcio como amenaza, no como decisión.
Su rostro se endureció.
Pero no negó.
—Pensé que te importaría más.
La frase fue tan cruel que me dejó fría.
—Me importó durante tres años, Daniel. Solo que tú elegiste comprobarlo justo cuando ya se había agotado.
Se fue sin decir más.
Ese día, por primera vez, sentí miedo real.
No por el divorcio.
Por el bebé.
Marta me encontró sentada en el baño del local, con las manos sobre el vientre.
—¿Te duele?
—No.
—¿Entonces?
—Creo que va a enterarse.
Marta se agachó frente a mí.
—Tiene derecho a saber que será padre, sí. Pero no tiene derecho a usarlo para arrastrarte de vuelta.
—Lo sé.
—¿Lo sabes o quieres saberlo?
Cerré los ojos.
—Quiero saberlo.
Ella me tomó la mano.
—Entonces lo repetiremos hasta que lo sepas.
El día veinte fui a control prenatal.
El bebé estaba bien.
La doctora me preguntó por el padre.
No supe qué decir.
—Estamos en proceso de divorcio.
Ella levantó la vista.
No juzgó.
Solo preguntó:
—¿Tiene apoyo?
Pensé en Marta.
En el local.
En mi pequeña habitación preparada a medias.
—Sí.
—Bien. Necesita descanso. El estrés puede adelantar el parto.
Esa frase me acompañó todo el día.
Descanso.
Qué palabra tan lejana.
El día veintitrés, Daniel mandó un mensaje.
“Mamá dice que fuiste grosera con ella. Sé que estamos mal, pero no necesitas cortar con todos.”
Miré la pantalla.
Antes habría escrito una explicación larga.
Que no fue mi intención.
Que su madre me lastimó.
Que necesitaba comprensión.
Que la tarjeta.
Que las palabras.
Que la noche de la cena.
Esta vez respondí:
“Tu madre no es parte de mi futuro.”
Él llamó inmediatamente.
No contesté.
El día veinticinco, abrió la cafetería en prueba suave.
Sin inauguración grande.
Solo amigos cercanos, algunos vecinos, proveedores y un par de curiosos atraídos por el olor a pan recién horneado.
Marta colocó un letrero en la vitrina:
“Casa Nido. Pan, café y cosas dulces para días difíciles.”
—¿Casa Nido? —pregunté.
—Estás construyendo uno.
Me emocioné.
Vendimos casi todo antes de las cinco.
Yo estaba agotada, con los pies hinchados y el bebé pateando como si celebrara cada venta.
Al cerrar, Marta levantó una taza de té.
—Por no volver.
Choqué mi taza con la suya.
—Por no volver.
El día veintisiete, Daniel fue a la casa vacía.
Lo supe porque me escribió.
“Entré y ya no hay nada tuyo.”
No respondí.
Luego:
“La cocina se ve extraña.”
Tampoco.
Después:
“Encontré la caja de la pluma Montblanc. La guardaste.”
Respiré hondo.
Esa caja vacía.
La había dejado en el cajón donde él siempre tiraba cosas sin mirar.
No por descuido.
Por símbolo.
Él se llevó la pluma para firmar el divorcio.
Yo dejé la caja.
Qué metáfora tan ridícula y perfecta.
El día veintiocho, me llamó mi abogado.
—Clara, su esposo está dudando.
Me quedé quieta.
—¿Dudando de qué?
—De recoger el certificado después del periodo. Dice que quizá necesitan más tiempo.
Cerré los ojos.
Ahí estaba.
El regreso del guion.