Daniel había esperado que yo llorara.
No lloré.
Había esperado que yo suplicara.
No supliqué.
Había esperado que mi vida se detuviera.
Abrí una cafetería.
Ahora quería tiempo.
No porque hubiera entendido todo.
Sino porque perder control le resultaba nuevo.
—Dígale que yo estaré allí el día treinta —dije.
—¿Está segura?
Miré mi vientre.
—Sí.
El día veintinueve, Daniel apareció en mi departamento.
No sé cómo consiguió la dirección.
Probablemente por algún documento.
Yo abrí solo porque miré por la mirilla y vi que no estaba su madre.
Él traía una bolsa de comida.
Carne guisada.
El olor me golpeó.
La misma comida de aquella noche.
—La hice yo —dijo—. No tan bien como tú.
No lo invité a pasar.
—¿Qué quieres?
Él miró el pasillo detrás de mí.
Quizá esperaba ver caos.
Pobreza.
Arrepentimiento.
Pero mi pequeño departamento estaba limpio, con una lámpara cálida, cajas de pañales en una esquina y una manta tejida sobre el sofá.
Sus ojos se detuvieron en las cajas.
Luego en mi abdomen.
Yo no llevaba abrigo.
No había forma de ocultarlo.
El silencio se partió.
La bolsa de comida se inclinó en su mano.
—Clara…
No respondí.
Su rostro perdió color.
—Estás embarazada.
Apoyé una mano sobre el vientre.
—Sí.
—¿De cuánto?
—Treinta y tres semanas.
Calculó.
Lo vi hacerlo.
Tres meses de silencio.
Tres meses de no mirar.
Tres meses de vivir al lado de su hijo sin saberlo.
—¿Por qué no me lo dijiste?
La pregunta salió herida.
Casi ofendida.
Esa fue la parte que más me sorprendió.
Que él se sintiera traicionado por no haber visto lo que estaba frente a él.
—Iba a decírtelo la noche que tu madre me llamó inútil por no tener hijos.
Su rostro se congeló.
—¿Qué?
—Compré unos zapatitos. Estaban en mi cajón. Después discutimos. Te fuiste al estudio. Luego dejaste de mirarme.
Daniel abrió la boca.
No salió nada.
—¿Creíste que había subido de peso por cenar caliente? —pregunté suavemente.
Su mano tembló.
—Clara, yo…
—No.
—Es mi hijo.
—Sí.
—No puedes divorciarte así.
Ahí estaba.
No “perdón”.
No “¿cómo estás?”
No “¿el bebé está bien?”
Primero: no puedes divorciarte.
Porque el bebé, para él, había aparecido como argumento.
Como freno.
Como razón para detener mi salida.
—Puedo —dije.
—¡Soy el padre!
—Y mañana podrás firmar acuerdos de custodia, manutención y derechos de visita cuando nazca. Pero no serás mi esposo.
Su rostro se rompió.
—Clara, yo pedí el divorcio porque estaba desesperado. Porque no sabía cómo arreglarnos.
—El divorcio no es una herramienta para asustar a tu esposa embarazada.
—No sabía que estabas embarazada.
—Ese es exactamente el problema.
Se quedó inmóvil.
La frase lo alcanzó lentamente.
Entró por los ojos.
Bajó por la garganta.
Le cayó en el pecho.
—Yo… no te vi.
—No.
—Durante meses.
—No.
—Vivías conmigo.
—Sí.
La bolsa de comida cayó al suelo.
El recipiente se abrió un poco y la salsa se derramó en el pasillo.
Daniel ni siquiera lo notó.
—Déjame entrar —susurró.
—No.
—Por favor.
—No.
—Necesito hablar contigo.
—Tuvimos tres años para hablar.
—Clara, por el bebé…
—No uses a mi hijo para entrar donde tú decidiste salir.
Eso lo silenció.
El bebé pateó.
Muy fuerte.
Quizá por mi tensión.
Quizá por el olor de la carne.
Daniel vio el movimiento bajo la tela.