PARTE 2

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Puedo…?

Dio un paso, levantando la mano hacia mi vientre.

Retrocedí.

Su mano quedó en el aire.

—No todavía.

Pareció como si lo hubiera golpeado.

—Soy su padre.

—Ser padre no empieza tocando una barriga. Empieza estando presente. Y tú has estado ausente.

Daniel bajó la mano.

Durante unos segundos, pareció más joven.

Más perdido.

Más parecido al hombre del que me enamoré antes de casarnos, cuando todavía sabía escuchar.

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó.

Pensé.

—Mañana ve al Registro Civil.

—Clara…

—Después hablaremos con abogados sobre el bebé.

—No quiero perderte.

La frase llegó por fin.

Pero yo ya no era la mujer que esperaba en la mesa con la carne guisada.

—Me perdiste antes de saber que querías conservarme.

Cerré la puerta.

Del otro lado, Daniel no golpeó.

No gritó.

Solo permaneció allí mucho tiempo.

Yo apoyé la espalda contra la puerta, una mano sobre el vientre, otra en la boca para no llorar fuerte.

Porque sí dolía.

Claro que dolía.

Decir no a alguien que amaste no se siente como victoria inmediata.

Se siente como sacar una espina profundamente enterrada.

Alivio y sangre al mismo tiempo.

El día treinta, llegué al Registro Civil a las ocho cincuenta.

Llevaba un vestido ancho color azul oscuro.

No ocultaba del todo mi embarazo, pero tampoco lo exhibía.

Marta quería acompañarme, pero le pedí que esperara en la cafetería.

—Si no sales en una hora, entro con croissants como arma —dijo.

Daniel llegó a las nueve en punto.

Tenía ojeras.

La camisa mal planchada.

Era la primera vez en años que lo veía con un cuello arrugado.

Me pregunté si en casa habría intentado plancharlo y descubierto que las camisas no se alisan solas.

Nos sentamos frente a la funcionaria.

Ella revisó los documentos.

—¿Ambos mantienen la solicitud de divorcio?

Daniel no respondió.

La funcionaria levantó la vista.

Yo dije:

—Sí.

Ella miró a Daniel.

—Señor Jiang.

Él me miró.

Sus ojos estaban rojos.

—Clara, última oportunidad.

Qué frase tan torpe.

Como si la oportunidad fuera mía.

Como si yo estuviera a punto de perder algo que él todavía sostenía.

—Daniel —dije—, esta es tu solicitud. Yo solo dejé de rogar.

La funcionaria guardó silencio profesional.

Daniel cerró los ojos.

Por un momento pensé que se levantaría.

Que se negaría.

Que todo se alargaría.

Pero quizá algo en él entendió que retenerme por procedimiento sería otra forma de perderme.

—Sí —dijo al fin, con voz ronca—. Mantengo.

Firmamos.