PARTE 1
—Mi mamá dice que un recién nacido hace demasiado ruido. Cambiamos las cerraduras. Vete con tu madre y llévate a ese niño.
Daniela creyó que el dolor de la cesárea le había hecho escuchar mal.
Estaba frente a la salida del Hospital General de México, abrazando a Mateo, su hijo de apenas cuatro días, mientras una llovizna helada caía sobre la Ciudad de México. Había imaginado a Sergio llegando con flores, tomando al bebé con miedo y orgullo.
Pero no había flores.
Sergio abrió la cajuela de su Nissan y dejó tres bolsas negras sobre la banqueta mojada. De una asomaba la manga del abrigo de Daniela, arrastrada entre el lodo.
—¿Qué significa esto?
Sergio evitó mirarla. Se frotó la nariz, el gesto que siempre hacía cuando mentía.
—Mi mamá y yo hablamos. Ella necesita tranquilidad. Dice que el bebé va a llorar toda la noche y que tú estarás insoportable con las hormonas. Así que cambiamos la chapa.
Daniela apretó al niño contra su pecho.
—También es tu hijo.
—Eso habrá que comprobarlo —murmuró Sergio—. Mi mamá vio una foto y dijo que no se parece a mí.
La frase la golpeó más fuerte que el viento.
Sergio añadió que podía irse con su madre a Toluca, que después recogería las cosas que no cupieron en las bolsas y que él y doña Beatriz necesitaban “espacio para recuperar la paz”.
Luego subió al coche y arrancó.
Una enfermera que había presenciado todo se acercó con el teléfono en la mano.
—Señora, ¿llamo a una patrulla?
Daniela miró las bolsas y el coche alejándose.
—Todavía no.
Pidió un taxi con asiento infantil. Sergio conocía la cuenta familiar, pero ignoraba que Daniela había guardado un fondo propio. Trabajaba como gerente de compras para una constructora y sabía que la confianza no sustituía un respaldo.
Llegó al departamento de su amiga Fernanda, en la colonia Narvarte. Fernanda abrió en pijama, vio al bebé y las bolsas.
—Voy a matar a ese cobarde.
—Nadie va a tocarlo. Todo se hará legalmente.
Mientras Mateo dormía, Daniela sacó una carpeta: la escritura del departamento, recibos hipotecarios y estados de cuenta que demostraban que ella había pagado casi setenta por ciento de las mensualidades.
—El departamento está a nombre de ambos —dijo—. No pueden expulsarme de mi propia casa.
Llamó a don Ernesto, el vecino del piso inferior.
—¿Escucha algo arriba?
—Música, risas y botellas. Su suegra acaba de gritar que por fin recuperaron el departamento.
Daniela recordó cada intromisión de Beatriz: la cuna cambiada de lugar, el cuarto pintado de rosa porque “seguro el ultrasonido se equivocó”, su escritorio enviado al balcón y las críticas constantes mientras Sergio repetía: “Mi mamá solo quiere ayudar”.
A las diez de la noche, don Ernesto escribió: “Ya están borrachos. Dicen que mañana venderán tus muebles”.
Daniela se levantó con dificultad.
—Fernanda, cuida a Mateo.
—No vas sola.
—Entonces graba todo.
Llamó a un cerrajero certificado y después al 911.
—Soy copropietaria. Mi esposo cambió la cerradura, retiene mis pertenencias y me dejó afuera con un recién nacido. Dentro hay personas alcoholizadas que amenazan con disponer de mis bienes.
Cuando el taxi se detuvo frente al edificio, las ventanas de su departamento estaban iluminadas como si celebraran un cumpleaños.
Ellos brindaban por haberla expulsado.
No podían imaginar quién venía subiendo por el elevador.
PARTE 2