Frente a la puerta del departamento ya esperaban el cerrajero y dos agentes de la Secretaría de Seguridad Ciudadana. Daniela mostró su identificación, la escritura y el alta médica. Uno de los policías revisó los documentos y tocó con fuerza.
—Policía. Abra la puerta.
La música se apagó.
—¡Aquí nadie llamó a la policía! —gritó doña Beatriz desde adentro—. Esta es propiedad de mi hijo.
—También de su esposa. Permita el acceso.
Sergio respondió con voz pastosa:
—Daniela, deja el drama. Vete con tu mamá y mañana hablamos.
Fernanda levantó el celular y empezó a grabar. Daniela permaneció en silencio. El cerrajero examinó la chapa recién instalada y, con autorización de ella y bajo supervisión de los agentes, comenzó a trabajar.
Cuando la puerta cedió, el olor a alcohol, pollo rostizado y cigarro salió al pasillo.
En la sala había botellas, vasos desechables y restos de comida sobre el comedor que Daniela había comprado. Beatriz, vestida con una bata de leopardo, sostenía una copa. Sergio intentaba abrocharse el pantalón. Dos tíos y una prima observaban desde el sofá.
—¡Están invadiendo! —chilló Beatriz.
—La señora es copropietaria —respondió un agente—. La persona que no ha acreditado derecho para permanecer aquí es usted.
Daniela recorrió la sala. Habían retirado las fotografías del embarazo y colocado las maletas de Beatriz en el cuarto del bebé.
—Tiene diez minutos para recoger sus cosas —dijo Daniela.
Sergio golpeó la mesa.
—Si corres a mi mamá, te voy a pedir el divorcio.
—No tendrás que pedírmelo. Mañana lo inicio yo.
La seguridad de Daniela apagó las risas. Sergio intentó acercarse, pero el agente se interpuso.
—Señor, mantenga distancia.
Beatriz comenzó a insultarla. Dijo que era una mujer fría, que había engañado a Sergio y que el bebé probablemente era de otro hombre. Daniela no respondió. Miró hacia su estudio y notó que la puerta estaba forzada.
Dentro, los cajones estaban abiertos. Faltaban copias de su identificación, estados de cuenta y la carpeta donde guardaba documentos laborales.
—¿Quién entró aquí?
Nadie contestó.
Sobre el escritorio había otra carpeta, ajena, con el logotipo de una inmobiliaria. Daniela la abrió. Encontró fotografías del departamento, una valuación ridículamente baja y un convenio de cesión de derechos fechado dos días antes del parto.
Según el documento, Daniela y Sergio aceptaban vender el inmueble a Mauricio Salgado, hermano de Beatriz, por menos de la mitad de su valor.
Abajo aparecía una firma idéntica a la de Daniela.
Idéntica, salvo por un detalle: ella jamás había firmado aquello.
Uno de los policías tomó el documento con guantes. Dentro de la carpeta también había una copia de la credencial de Daniela y un comprobante de transferencia por doscientos mil pesos a la cuenta de Sergio.
—¿Quiere presentar una denuncia? —preguntó.
Sergio palideció.
—Es solo un borrador. Mi mamá dijo que era para protegernos.
Beatriz dejó caer la copa.
Daniela levantó la mirada y comprendió que no solo habían querido echarla de casa.
Habían intentado venderla mientras ella estaba dando a luz, completamente indefensa.
El agente pidió que nadie tocara la carpeta. Fotografió cada hoja, anotó los nombres de quienes estaban presentes y llamó a una unidad para trasladar el documento al Ministerio Público.
—Daniela, escúchame. No se había vendido nada. Mauricio solo iba a ayudarnos con un préstamo. Mi mamá preparó los papeles porque tú estabas ocupada con el parto.
—Yo estaba en un quirófano —respondió ella—. No incapacitada para decidir sobre mi casa.
—¡Todo esto es culpa tuya! Mi hijo se mata trabajando y tú controlas cada peso. Solo queríamos asegurar su patrimonio antes de que lo abandonaras.
Daniela miró las botellas, las bolsas de su suegra dentro del cuarto de Mateo y el contrato con su firma falsificada.
—Me dejaron en la calle con un recién nacido. ¿Y todavía pretenden llamarse víctimas?
El policía ordenó a Beatriz y a los demás invitados que se retiraran. Ninguno podía demostrar domicilio ni derecho sobre el inmueble. Los familiares salieron sin mirar a Daniela. La prima que había brindado por “la libertad de Sergio” ocultó el rostro detrás del bolso.
Sergio se quedó junto a la puerta.
—Yo sí soy dueño. No puedes correrme.
—Esta noche no voy a discutir la propiedad —dijo Daniela—. Pero acabas de reconocer delante de dos agentes que conocías esos documentos. También dijiste que dudabas de la paternidad de Mateo y me abandonaste afuera del hospital. Todo está grabado.
Fernanda levantó el teléfono. Sergio intentó acercarse, pero el policía lo detuvo.
A petición de Daniela, los agentes dejaron constancia del estado del departamento, de la chapa cambiada, de las bolsas usadas para sacar sus pertenencias y de la habitación infantil ocupada por Beatriz. Después acompañaron a Sergio a recoger ropa básica. No lo detuvieron esa noche, pero le indicaron que debía presentarse cuando fuera citado por el Ministerio Público.
Antes de salir, intentó hablar en voz baja.
—Podemos arreglarlo. Mi mamá se equivocó.
Daniela sostuvo su mirada por primera vez desde el hospital.
—Tu madre no condujo el coche que me dejó bajo la lluvia. No cargó las bolsas. No dijo que Mateo no era tu hijo. Eso lo hiciste tú.
Sergio bajó los ojos y se marchó.
Cuando Fernanda regresó con Mateo, el departamento olía a alcohol y metal quemado. Daniela abrió las ventanas, vació las botellas en el fregadero y retiró del cuarto del bebé las maletas de Beatriz. Se sentó en el piso, abrazó a su hijo y lloró por primera vez, no por Sergio, sino por todas las veces que confundió paciencia con amor y silencio con paz.
A la mañana siguiente llamó a Mariana Vázquez, una abogada especializada en violencia familiar y patrimonial. Mariana llegó con café, revisó la escritura, los recibos y el convenio falso.
—No estamos ante una simple pelea matrimonial —dijo—. Cambiarte la cerradura, retener tus bienes, vaciar cuentas y falsificar tu firma puede constituir violencia patrimonial y posiblemente fraude. Primero vamos a protegerte a ti y al bebé. Después discutiremos el departamento.
Ese mismo día presentaron la denuncia y solicitaron medidas de protección. Daniela entregó la grabación de Fernanda, las fotografías de las bolsas frente al hospital, el testimonio de la enfermera y los mensajes de don Ernesto. El hospital conservaba además una cámara exterior que había registrado a Sergio descargando las bolsas y alejándose.
La revisión de las cuentas reveló algo peor.
Tres días antes del nacimiento, Sergio había retirado ciento ochenta mil pesos de la cuenta conjunta. El dinero provenía en su mayoría de los ahorros de Daniela y había sido transferido a Beatriz. Desde ahí, una parte pasó a Mauricio Salgado, el supuesto comprador del departamento.
Mariana colocó los estados de cuenta sobre la mesa.
—No improvisaron esto en el hospital. Llevaban semanas preparándolo.
Daniela recordó entonces las preguntas de Beatriz durante el embarazo: dónde guardaba su identificación, qué notario había llevado la compra, cuál era la contraseña de su correo. También recordó que Sergio le pidió una copia de su firma “para un trámite del seguro”.
La traición ya no parecía un arrebato cobarde. Era un plan.
PARTE 3