
PARTE 1
“Su esposa y su nuera acaban de planear su muerte en mi restaurante.”
Eso fue lo que me dijo Rodrigo, el gerente de La Hacienda de los Laureles, dos días después de la boda de mi hijo.
Yo acababa de pagar la fiesta completa: el jardín, el mariachi, los arreglos de bugambilia, la barra de tequila, la cena para trescientas personas y hasta la tornaboda. Mi esposa, Dolores, estaba en la cocina acomodando alcatraces blancos en un florero, como si todavía quisiera que la casa oliera a boda.
—Don Arturo —me dijo Rodrigo en voz baja—, por favor no ponga esta llamada en altavoz. Venga solo. Y no le diga nada a su esposa.
Sentí frío en la espalda.
Rodrigo no era un hombre dramático. Había tratado con políticos, empresarios, novias histéricas y familias que se peleaban por la cuenta. Si su voz temblaba, era porque algo muy grave había visto.
—Voy para allá —contesté.
Dolores volteó apenas.
—¿Quién era?
—La farmacia —mentí—. Un problema con mis pastillas de la presión.
Me miró un segundo más de lo normal. Ayer yo habría pensado que era preocupación. Ese día me pareció cálculo.
Manejé hasta San Ángel con el estómago cerrado. Rodrigo me recibió por la puerta trasera y me llevó al cuarto de cámaras, junto a la bodega de vinos. No dijo nada. Solo puso el video.
En la pantalla apareció el salón privado, después de la boda. Mi esposa entró caminando firme, sin la cojera delicada que usaba cuando quería que todos le cedieran el asiento en misa. Luego entró Camila, mi nuera, todavía con el vestido blanco y una copa de champaña en la mano.
Dolores sirvió dos copas.
—Por el hombre más tonto de todo México —dijo Camila, riéndose.
Dolores chocó su copa.
—Por Arturo. La gallina de los huevos de oro.
Me agarré del respaldo de la silla.
Siguieron hablando. De la casa de Valle de Bravo que le regalé a Sebastián como regalo de bodas. De venderla rápido para pagar las deudas de Camila y comprar un departamento en Polanco. Del fideicomiso familiar, ese que yo había construido durante cuarenta años de trabajo y que se abriría cuando naciera mi primer nieto biológico.
Entonces Camila se tocó el vientre.
—Sebastián cree que es suyo. Pobrecito, ni las cuentas sabe hacer.
Dolores le advirtió que no permitiera que yo pidiera una prueba de ADN.
Me faltó el aire.
Después Camila preguntó cuándo me iba a “retirar para siempre”.
Dolores bebió champaña.
—Pronto. Le cambié sus pastillas del corazón hace tres semanas. Además, le estoy poniendo digoxina molida en el licuado de nopal todas las mañanas. Un día se va a dormir y ya no va a despertar. Entonces todo será nuestro.
El cuarto se me movió.
Esa mujer había rezado conmigo, me había cuidado en hospitales, me había puesto suéter cuando hacía frío. Y cada mañana, mientras me sonreía, me estaba envenenando.
Pero todavía faltaba lo peor.
Camila dijo que Sebastián era demasiado ingenuo.
Dolores sonrió.
—Eso lo sacó de su padre.
—¿Arturo? —preguntó Camila.
Dolores soltó una risa seca.
—No. Sebastián es hijo de Marcelo.
Marcelo Rivas.
Mi compadre. Mi mejor amigo. El hombre que bendijo mi matrimonio, cargó a mi hijo en su bautizo y se sentó a mi mesa cada domingo durante treinta años.
Quise romper la pantalla, pero Rodrigo me sujetó del brazo.
—No lo haga, don Arturo. Ese video es su única ventaja. Esto no es un pleito familiar. Es una conspiración.
Tenía razón.
Si llegaba gritando a mi casa, Dolores diría que estaba enfermo, confundido, paranoico. Y todos le creerían.
Llamé a mi abogada, la licenciada Vargas.
—Abra un expediente nuevo —le dije—. Nombre clave: Omega. Congele cuentas, bloquee propiedades, suspenda el fideicomiso y consiga un toxicólogo. Busque digoxina.
Cuando regresé, Dolores me esperaba con un licuado verde.
—Te hice tu favorito —dijo dulcemente—. Hoy no te lo tomaste.
Tomé el vaso.
Sonreí.
Y en ese momento entendí que la mujer que dormía a mi lado ya había enterrado al hombre que yo todavía era.
No podía creer lo que estaba por ocurrir…