PARTE 1
—Mauricio nos juró que estaban viviendo separados por una remodelación… pero aquí no hay ni un solo par de zapatos de hombre.
Elena Beltrán pronunció esas palabras en el pasillo de un departamento rentado en Tonalá, con dos bolsas de comida y un pastel todavía entre las manos. Había viajado desde Aguascalientes para sorprender a sus nietos, sin avisarle a nadie. La sorprendida terminó siendo ella.
Verónica Salgado tardó unos segundos en responder. Detrás de su suegra había paredes con pintura descarapelada, una estufa que fallaba y una repisa donde sólo se veían los tenis de Diego, las zapatillas pequeñas de Sofía y sus propios zapatos.
—Mauricio no vive aquí —dijo al fin—. Se fue hace ocho meses.
Elena se quedó inmóvil.
En la mesa de la sala estaba abierto el cuaderno de Sofía. La niña había dibujado una casa con chimenea, a su mamá vestida de rojo, a Diego muy alto y a ella con dos trenzas. En la orilla de la hoja, separado de todos, aparecía su papá, sin color.
Verónica llevaba tres meses en aquel lugar. Trabajaba de ocho a cinco como contadora y, por las noches, atendía clientes independientes para pagar renta, escuela y comida. Dormía poco. No se quejaba. Había aprendido que el miedo no resolvía nada; los documentos, a veces, sí.
Mauricio, abogado corporativo, no sólo la había dejado por Renata Lozano, su asistente de veintiocho años. Durante casi un año había preparado la salida como si organizara una operación legal.
El departamento familiar de Zapopan, comprado después de la boda, aparecía ahora en una escritura con fecha anterior al matrimonio. La casa de descanso en Tapalpa, construida durante cuatro años con dinero de ambos, había sido “donada” a Patricia Lozano, madre de Renata. Y la camioneta, valuada en más de seiscientos mil pesos, había sido vendida a un amigo por noventa mil.
—Todo quedó fuera de la sociedad conyugal —explicó Verónica—. Eso es lo que él pretende.
Elena escuchó sin tocar el café. Mauricio les llamaba cada domingo y hablaba de una supuesta remodelación, de vacaciones familiares y de planes para Navidad. Nunca mencionó el divorcio. Tampoco dijo que pagaba la pensión mínima ni que había faltado al cumpleaños de Diego después de prometerle que llegaría.
—¿Por qué no nos contaste? —preguntó Elena.
—Porque era la historia de su hijo. Le correspondía a él decirles la verdad.
A las once de la noche volvieron a tocar. Era Raúl Beltrán, suegro de Verónica, ingeniero militar retirado. También había llegado de sorpresa.
Cuando escuchó todo, no levantó la voz. Revisó a sus nietos dormidos, pidió ver los documentos y llamó a Mauricio.
—Mañana, a las diez, vas a estar aquí.
—Papá, puedo explicarte…
—Mañana. A las diez.
Raúl colgó y colocó el teléfono sobre la mesa. Verónica vio cómo Elena apretaba los labios y comprendió que, por primera vez en ocho meses, Mauricio tendría que enfrentarse a personas que no podía manipular.
Y ninguno de ellos podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrir a la mañana siguiente…
PARTE 2