PARTE 2
El licuado sabía amargo debajo del jengibre.
Lo llevé a mis labios, fingí tragar y, cuando Dolores volteó para contestar un mensaje, escupí todo en una servilleta. Después me llevé la mano al pecho.
—Me siento raro —murmuré.
Ella no corrió hacia mí. No gritó. No preguntó si llamaba al doctor.
Solo me observó.
Yo di dos pasos torpes y me dejé caer sobre el tapete de la sala. Cerré los ojos, respirando lo más lento que pude.
Dolores se acercó. Sentí la punta de su zapato tocándome las costillas.
—Arturo —susurró—. No estés jugando.
Me quedé inmóvil.
Entonces se rió.
No fue una risa nerviosa. Fue una risa de alivio.
Marcó por teléfono.
—Ya está —dijo—. Se tomó el licuado. Trae la carpeta. Necesitamos el poder notarial y la voluntad anticipada antes de llamar a emergencias.
A los veinte minutos llegó Camila. La escuché entrar con tacones, agitada, pero emocionada.
—¿Y Sebastián?
—Viene en camino —respondió Dolores—. Tú solo prepara los papeles.
Luego llegó mi hijo.
—¡Papá! —gritó al verme en el suelo—. ¿Qué pasó? ¡Hay que llamar al 911!
Por un instante, mi corazón se aferró a ese grito. Pensé: “Ahí está mi hijo. El niño que enseñé a andar en bicicleta. El muchacho que abracé cuando reprobó la universidad. El hombre por quien pagué una boda que no merecía.”
Pero Camila le arrebató el celular.
—No seas idiota. Se supone que debe morirse.
El silencio que siguió fue más cruel que cualquier insulto.
—Mamá dice que firmó una voluntad anticipada —dijo Camila—. No quiere que lo reanimen.
Yo jamás había firmado eso.
Sebastián lloraba. Lo escuché arrodillarse junto a mí.
—Pero es mi papá…
Dolores habló con una calma venenosa.
—Si lo salvas, lo pierdes todo. La casa, el fideicomiso, el negocio. Todo. Piensa en tu hijo.
Camila se tocó el vientre.
Sebastián soltó mi mano.
—Está bien —susurró—. Esperamos.
Ahí dejé de sentirlo como mi hijo.
No porque no llevara mi sangre.
Sino porque eligió no salvarme.
Empezaron a ordenar la escena. Camila sacó documentos. Dolores dictó horarios falsos. Sebastián firmó donde le dijeron. Mi familia estaba construyendo mi muerte como si fuera una factura.
Entonces tosí.
Los tres se congelaron.
Abrí los ojos lentamente.
—¿Qué pasó? —pregunté con voz débil.
Sus caras fueron el primer regalo que la verdad me dio.
Dolores reaccionó rápido y se lanzó a abrazarme.
—¡Arturo! ¡Dios mío, estás vivo!
—Claro que estoy vivo —murmuré—. A un viejo camionero no lo tumba cualquier mareo.
Me hice el confundido. Les dejé creer que no había escuchado nada. Luego dije que el susto me había hecho pensar.
—La próxima semana quiero reunir a todos —anuncié—. La familia, Marcelo, la licenciada Vargas, los socios. Ya es hora de poner mis asuntos en orden.
Dolores sonrió.
Camila también.
Sebastián bajó la mirada, todavía temblando.
Creyeron que habían ganado.
Durante los siguientes días, la licenciada Vargas se movió como sombra. El toxicólogo confirmó digoxina en la servilleta. Las cuentas quedaron congeladas. La casa de Valle de Bravo fue bloqueada. El fideicomiso quedó suspendido.
También llegaron las pruebas de ADN.
Sebastián no era mi hijo.
Era hijo de Marcelo.
Y el bebé que Camila esperaba tampoco era de Sebastián.
El viernes, Camila me citó en una cafetería de la Roma. Me amenazó con acusarme de algo horrible si no le cedía el poder notarial.
La grabadora en mi bolsillo captó cada palabra.
Para el domingo, todo estaba listo.
Lo único que faltaba era sentarlos a todos frente a la pantalla y dejar que México entero escuchara lo que mi familia había hecho.