PARTE 1
—Si no quieres servir a mi familia, entonces lárgate a la calle —dijo mi suegra, señalando una montaña de platos sucios mientras yo seguía vestida de novia.
Lo más doloroso no fue escucharla. Fue ver a Mauricio, mi esposo desde hacía apenas unas horas, bajar la mirada y murmurar:
—Hazlo rápido, Mariana. Ya después descansamos.
Hasta ese instante yo todavía creía que aquella noche podía salvarse.
La boda se había celebrado en una hacienda elegante de Huixquilucan. Mi madre, doña Elvira Salgado, había pagado casi todo porque quería verme feliz. Yo llevaba un vestido de encaje que había elegido durante meses, y Mauricio lucía el traje que también habíamos comprado con mi dinero. Mientras los invitados brindaban, su madre, doña Ofelia Rivas, se instaló junto a la mesa de sobres como si fuera cajera. Tomaba cada regalo, calculaba su valor con los dedos y fruncía la boca cuando le parecía poco.
Antes de terminar la fiesta me pidió prestado el collar de oro que mi madre me había regalado.
—Déjamelo un ratito, nuera. Quiero que la familia vea que ahora somos gente importante.
Estaba tan cansada que acepté.
Cuando por fin subimos a la camioneta, Mauricio anunció, como si fuera una sorpresa agradable, que sus padres, sus hermanos, dos cuñadas y un tío dormirían en nuestra casa de Bosques de las Lomas.
Nuestra casa, decía él.
En realidad, la propiedad era mía. Mi madre me la había regalado dos años antes y las escrituras estaban únicamente a mi nombre.
—Serán unos días —susurró Mauricio—. No hagas un problema en plena boda.
Al llegar, los ocho entraron cargando maletas enormes. No parecían invitados; parecían una mudanza. Su hermana Karla corrió al segundo piso y escogió una recámara. Su hermano Rubén encendió la televisión, puso los zapatos sobre la mesa y comenzó a tirar cáscaras de semillas en mi tapete. Doña Ofelia se dejó caer en el sillón principal.
—Mariana, prepara café de olla para todos. Y calienta lo que sobró del banquete.
Fui a la cocina con los pies hinchados. Allí encontré el fregadero lleno de ollas, platos y vasos. Mauricio confesó que por la mañana había dado una copia de las llaves a su madre para que desayunaran y dejaran sus cosas.
Entonces doña Ofelia explicó la supuesta tradición de su familia: la recién casada debía lavar sola todos los trastes en la noche de bodas para demostrar que sabía atender a los Rivas.
Me negué.
Ella se acercó hasta quedar frente a mí.
—En esta familia, la mujer sirve. Si no quieres servir, te vas a la calle.
Miré a Mauricio esperando que reaccionara. Él solo me pidió que no avergonzara a su madre.
Subí sin llorar. Guardé en una maleta mis documentos, las escrituras, mis tarjetas y las joyas familiares. Mauricio entró detrás de mí y trató de quitarme el equipaje.
—¿Vas a hacer este ridículo en nuestra noche de bodas?
—El ridículo lo hiciste tú al permitir que me humillaran en mi propia casa.
Bajé las escaleras todavía con el vestido blanco. Antes de salir, miré a los ocho.
—Esta casa es mía. Ninguno de ustedes tiene permiso para quedarse.
Pedí un auto por aplicación y me fui a casa de mi madre. Desde la banqueta escuché a doña Ofelia reírse y gritar que regresaría cuando se me acabara el berrinche.
No podían imaginar lo que estaba a punto de pasar antes del amanecer.
PARTE 2