Regresó a su suite del hotel después de medianoche solo para recoger un informe olvidado. Pero al abrir la puerta, encontró a dos gemelos dormidos en su cama…lksr y a una camarista aterrada suplicándole que no llamara a seguridad.

Suficiente.

Alejandro cerró la puerta.

Cuando volvió a la habitación, Lucía tenía a los dos niños en brazos. Tomás lloraba contra su cuello. Valentina miraba la puerta como si detrás estuviera el monstruo de todos sus cuentos.

Entonces la niña susurró:

—Mamá, él viene por el elefante.

Lucía se quedó helada.

Alejandro miró el peluche en las manos de Tomás.

Y por primera vez entendió que aquellos niños no se habían escondido en su suite por casualidad.

Algo peor acababa de entrar al hotel.

PARTE 2

El elefante de Tomás tenía una costura abierta en la espalda.

Alejandro lo vio cuando el niño, cansado de llorar, volvió a dormirse sobre el sofá. Lucía quiso quitarle el peluche con cuidado, pero Tomás lo apretó incluso dormido.

—No —murmuró—. Beto no.

—¿Beto? —preguntó Alejandro.

Valentina, todavía despierta, respondió con seriedad:

—Beto guarda secretos.—Valentina, no.

Alejandro bajó la voz.

—¿Qué secreto?

La niña señaló el peluche.

—Papá metió una cosita negra. Dijo que si mamá hablaba, nadie volvería a encontrarnos.

Lucía se cubrió la boca.

Alejandro esperó a que Tomás aflojara los dedos. Luego abrió con cuidado la costura usando una pluma del escritorio.

Dentro había una memoria USB.

La suite quedó en silencio.

Afuera, la Ciudad de México brillaba como si nada pudiera romperse en sus avenidas. Adentro, una madre, dos niños y un empresario empezaban a respirar el mismo miedo.

Alejandro conectó la memoria a una tableta.

Aparecieron carpetas.

Contratos.

Audios.

Transferencias.

Fotografías de edificios vacíos.

Listas de familias marcadas con notas crueles: “madre sola”, “adulto mayor”, “sin abogado”, “presionable”.

Una carpeta llevaba el logo de Grupo Horizonte Reforma.

Lucía habló casi sin voz.

—Mi vecina trabajaba en una notaría. Me ayudó a copiar documentos. Desapareció hace 3 días. Rodrigo pensó que yo tenía todo. Pero antes de irse… escondió la memoria en el peluche de Tomás.

Alejandro abrió un audio.

La voz de Rodrigo llenó la suite.

—Tú no entiendes, Lucía. Esa casa estorba. Si firmas, te dejo ver a los niños. Si no firmas, voy a demostrar que eres una madre peligrosa. Nadie le cree a una camarista contra mí.

Luego otra voz, masculina, elegante:

—No la lastimes antes de que firme. Necesitamos el fideicomiso limpio.

Alejandro se tensó.

Conocía esa voz.

Era Ignacio Ledesma, su socio en Horizonte Reforma. Hombre de sonrisa fina, donaciones públicas y manos invisibles.

Lucía lo miró.

—¿También trabaja con usted?

Alejandro no respondió.

No hacía falta.

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