Lucía tardó demasiado en responder.
Antes de que pudiera hablar, el celular de Alejandro vibró.
Mensaje de seguridad:w
Señor Rivera, hay policías en el lobby buscando a Lucía Moreno y a dos menores.
Lucía vio la pantalla desde lejos y se puso blanca.
—No —dijo apenas—. Por favor, no deje que suba.
—¿Quién?
Ella tragó saliva.
—Su papá.w
La palabra debió sonar tranquila. No lo hizo.
Alejandro escribió a seguridad:
Nadie sube al piso 38 sin mi autorización. Llévenlos al salón privado.
Luego guardó el celular.
—Tiene 1 minuto para decirme por qué la policía está buscando a sus hijos a medianoche.
Lucía abrazó sus propios brazos.
—Se llama Rodrigo Salvatierra. Fue policía judicial. Lo suspendieron por golpear detenidos, pero todavía tiene amigos. Consiguió una orden temporal diciendo que yo soy inestable y que me robé a los niños.
—¿Y es mentira?
Lucía lo miró con una dignidad rota.
—Si yo fuera inestable, no habría recordado traerles calcetines.
Alejandro vio la mochila abierta: pañales, una bolsa de pan dulce, un cuento infantil, dos pares de calcetines pequeños.
Algo en su pecho se movió, incómodo.
—¿Por qué los quiere?
Lucía miró hacia la cama.
—Por una casa que mi abuela nos dejó en la colonia Guerrero. Está a nombre de un fideicomiso para mí y para los niños. Rodrigo quiere venderla.
—¿A quién?
Lucía sacó una carpeta arrugada de la mochila y se la entregó.
Alejandro la abrió.
Leyó la dirección.
Luego el nombre de la inmobiliaria.
Su respiración cambió.
Grupo Horizonte Reforma.
Su empresa tenía participación en ese grupo.
En la carpeta que había venido a buscar, guardada en su portafolio junto a la puerta, estaba el proyecto de renovación urbana que el consejo aprobaría al día siguiente.
Alejandro caminó hasta el portafolio, sacó el documento y buscó la lista de propiedades.
Ahí estaba.
La casa de Lucía.
Marcada en amarillo.
“Desalojo prioritario”.
Lucía entendió antes de que él hablara.
—Fue usted —dijo.
—No sabía.
Ella soltó una risa sin humor.
—Claro. La gente como usted nunca sabe. Solo firma.
Tres golpes sonaron en la puerta.
Valentina despertó y empezó a llorar.
En el monitor de seguridad apareció Rodrigo Salvatierra, de traje oscuro, sonrisa perfecta y dos policías detrás.
Rodrigo miró directo a la cámara.
—Lucía —dijo desde el pasillo—. Ya sé que estás ahí.
Alejandro abrió la puerta solo con la cadena puesta.
—Esta es una propiedad privada.
Rodrigo sonrió.
—Y esos son mis hijos.
Uno de los policías levantó unos papeles.
—Tenemos una orden.
—Deslícela por debajo.
Rodrigo se inclinó hacia la rendija.
—Señor Rivera, no se meta en asuntos de familia. Esa mujer miente. Y usted puede perder mucho por proteger a una camarista.
Alejandro sostuvo su mirada.
—Y usted puede perder mucho olvidando que los pasillos tienen cámaras con audio.
La sonrisa de Rodrigo desapareció por medio segundo.
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