PARTE 1
—Si llama a seguridad, mis hijos van a terminar en manos del hombre que quiere desaparecerme.
Alejandro Rivera se quedó inmóvil en la entrada de la suite presidencial del Hotel Miraluna, en Paseo de la Reforma, con la tarjeta magnética aún entre los dedos.
Había regresado después de medianoche solo para recoger una carpeta olvidada antes de volar a Monterrey al amanecer. Esperaba encontrar silencio, mármol impecable y la ciudad brillando detrás de los ventanales.
Pero lo primero que vio fue un tenis rosa tirado junto al sofá.
Después, una mochila vieja.
Y luego, sobre su cama king size, dos niños pequeños dormidos abrazados, como si el mundo entero se hubiera vuelto demasiado grande para ellos.
La niña tenía el cabello oscuro pegado a la frente. El niño sostenía un elefante de peluche, tan gastado que ya no se sabía si alguna vez había sido gris o azul.
Alejandro no entendió nada.
Esa era su suite privada. Su hotel. Su piso. Nadie subía al nivel 38 sin autorización. Ni clientes, ni empleados, ni escoltas, ni políticos con prisa.
—¿Qué es esto? —preguntó, con la voz baja pero afilada.
La mujer junto a la puerta se encogió.
Llevaba uniforme de camarista, el cabello recogido a medias y los ojos rojos de no dormir. Su gafete decía Lucía Moreno.
—Se llaman Valentina y Tomás —susurró—lksr. Tienen 3 años. Son mis hijos.
Alejandro miró a los niños, luego a ella.
—Están dormidos en mi cama.
—Lo sé.
—En una suite privada.
—Lo sé.
—¿Usted entiende lo que acaba de hacer?
Lucía bajó la mirada, pero no retrocedió.
—Me sacaron de mi departamento esta mañana.xfra lax daba Cambiaron la chapa mientras mis hijos desayunaban. No tenía a dónde llevarlos. Su asistente dijo que usted no regresaría hasta mañana. Yo limpio esta suite todas las noches. Pensé que aquí podrían dormir unas horas mientras terminaba mi turno.
Alejandro sintió el impulso frío de hacer una llamada y resolverlo todo como resolvía los problemas caros: rápido, legal, sin mancharse.
Pero Tomás se movió en sueños y apretó más fuerte su elefante. Valentina, sin despertar, buscó la mano de su hermano.
A Alejandro se le atravesó un recuerdo antiguo: su madre volviendo de limpiar habitaciones en un hotel de Acapulco, oliendo a cloro y cansancio, pero besándolo en la frente como si todavía le quedara vida para regalar.
—¿Quién la sacó del departamento?
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