El celular vibró.
Número desconocido.
Contestó.
Rodrigo habló con calma.
—Señor Rivera, creo que uno de mis hijos tiene algo que no le pertenece.
Alejandro miró la memoria.
—Está acabado.
Rodrigo soltó una risa baja.
—No. Usted apenas está empezando. Revise las noticias.
La llamada se cortó.
La tableta mostró una alerta.
Última hora: empresario Alejandro Rivera acusado de retener a menores en hotel de lujo.
Lucía se llevó la mano al pecho.
—Él hizo eso.
—No vino por los niños —dijo Alejandro—. Vino por la memoria.
El teléfono interno sonó.
Era seguridad.
—Señor, hay prensa afuera. El señor Ledesma acaba de llegar con abogados. Dicen que usted está teniendo una crisis y que mantiene secuestrada a una empleada.
Alejandro miró a Lucía.Ella tenía el rostro pálido, pero no lloraba. Había llegado al punto donde el miedo se vuelve piedra.
—Puede entregarnos —dijo ella—. Todavía puede decir que no sabía.
Alejandro pensó en su madre. En sus manos agrietadas. En los cuartos que limpiaba sin que nadie aprendiera su nombre. En todos los documentos que había firmado sin mirar a quién aplastaban por debajo.
—He pasado demasiados años pagando para no ver —dijo—. Esta noche me toca mirar.
Llamó a su abogada.
—Mariana, necesito una jueza de guardia, protección para dos menores y una orden para conservar evidencia. Ahora.
—¿Qué hiciste?
—Lo correcto. Tarde.
Mientras hablaba, Valentina se acercó y le jaló el saco.
—Señor castillo.
Alejandro bajó la mirada.
—¿Yo?
—¿Nos van a llevar?
La pregunta le partió algo que no sabía que seguía vivo.
—No mientras yo esté aquí.
Entonces todas las luces de la suite se apagaron.
Tomás despertó gritando.
Lucía corrió hacia él.
En la oscuridad, alguien intentó abrir la puerta con una tarjeta maestra.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Y desde el pasillo, Rodrigo dijo muy bajo:
—Lucía, entrégame a mis hijos o voy a contarle a todos quién es realmente Alejandro Rivera.
PARTE 3
La oscuridad duró 18 segundos.
Alejandro los contó.
En el segundo 19, se encendieron las luces de emergencia. La suite quedó teñida de rojo suave, como si el hotel hubiera empezado a sangrar por dentro.
Lucía estaba arrodillada junto al sofá, cubriendo a los niños con su cuerpo. Tomás temblaba con el elefante contra el pecho. Valentina no lloraba. Eso asustó más a Alejandro. Los niños que aprenden a guardar silencio demasiado pronto siempre conocen algo que no deberían conocer.
La tarjeta maestra volvió a sonar en la puerta.
Alejandro tomó el teléfono interno.
—Bloqueen todos los accesos al piso 38.
La voz del jefe de seguridad respondió con tensión:
—Señor, no puedo. El sistema fue intervenido desde administración.
Ignacio.
Alejandro sintió una calma helada.
—Entonces suba por la escalera de servicio con gente de confianza. Nadie más.
Mariana, su abogada, llegó 7 minutos después por un elevador de empleados, escoltada por dos guardias. Tenía el cabello mojado por la lluvia y una carpeta bajo el brazo.
Vio a Lucía, a los niños, la memoria USB y la puerta forzada.
—Esto dejó de ser un problema legal —dijo—. Esto es una guerra.
—Quiero que se transmita todo al servidor externo —ordenó Alejandro—. Y quiero a Rodrigo hablando.
Mariana entendió.
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