—No me busques. Será peor para los dos.
Dos semanas después, una prueba de embarazo mostró dos líneas.
Me senté en el suelo del baño durante casi una hora.
Primero lloré.
Después reí.
Luego volví a llorar.
Mi primer impulso fue llamarlo.
Conduje hasta el hospital.
Lo encontré en el estacionamiento hablando con Leo. Yo estaba detrás de una columna y ninguno me vio.
—No puedo hacerlo —decía Mateo—. Si un hijo heredara esto por mi culpa, jamás me lo perdonaría.
Leo intentó calmarlo.
—Todavía no sabes qué significa el resultado.
—Significa que llevo la misma alteración genética que mató a mi padre a los cuarenta y dos años.
Sentí que el sobre con la prueba resbalaba entre mis dedos.
—Hay seguimiento, tratamientos —dijo Leo—. No estás condenado.
—No traeré un hijo al mundo para que viva esperando que su corazón falle.
—¿Y Clara?
—Ya la perdí.
—La alejaste.
—Es mejor que verla renunciar a ser madre por mí.
Me marché antes de que pudieran verme.
No le conté lo del embarazo.
Durante semanas me repetí que estaba respetando su decisión.
Que Mateo no quería transmitir una enfermedad.
Que, si se enteraba, me pediría interrumpir el embarazo o viviría consumido por la culpa.
En realidad, también tenía miedo.
Miedo de que rechazara al bebé.
Miedo de que lo aceptara solo por obligación.
Miedo de volver a abrir una puerta que me había costado demasiado cerrar.
Así que elegí por los dos.
Y seguí haciéndolo durante ocho meses.
Mateo continuaba de pie junto a la ventana.
—Me escuchaste hablar con Leo —dijo.
No era una pregunta.
Asentí.
—¿Por qué no saliste?
—Porque dijiste que no querías un hijo.
—Dije que tenía miedo de condenarlo.
—La diferencia no era tan grande en ese momento.
—Era enorme.
—Tú terminaste conmigo sin permitirme decidir si quería afrontar ese riesgo a tu lado.
—Sí.
La rapidez con la que lo admitió me sorprendió.
—Cometí un error —continuó—. Recibí un resultado que no entendía, entré en pánico y decidí por ti. Creí que estaba protegiéndote.
—Yo hice lo mismo.
—No.
Su voz se endureció.
—Yo te quité la oportunidad de decidir si querías continuar conmigo. Tú me quitaste todo el embarazo de mi hijo.
Las palabras dolieron porque eran verdad.
Mateo caminó hacia la puerta.
—Necesito salir.
—¿A dónde vas?
—A verlo.
—Mateo…
Se detuvo sin volverse.
—No voy a quitarte al bebé. Tampoco voy a montar una escena mientras estás recién operada. Pero no me pidas que finja que esto no me ha destruido.
La puerta se cerró.
Me quedé sola.
Horas después me trasladaron a una habitación.
Zoe apareció cargando tres bolsas, una almohada, un ramo de flores y una expresión cercana al homicidio.
—Antes de que digas nada —advirtió—, necesito saber si puedo golpearte sin que se abran los puntos.
—Probablemente no.
—Qué conveniente.
Dejó las bolsas en una silla.
—Ocho meses, Clara.
—Lo sé.
—Compartimos oficina. Fuimos juntas a comprar pantalones. Me convenciste de que las náuseas eran una intolerancia tardía al gluten.
—Fue una explicación razonable.
—Te vi comer una pizza familiar dos horas después.
—El embarazo produce contradicciones.
Zoe se tapó el rostro.
—¿Cómo escondiste una persona?
—Ropa amplia. Videollamadas desde el pecho hacia arriba. Mucha planificación.
—¿Tu madre no sabía?
Negué con la cabeza.
—Voy a necesitar sentarme.
—Ya estás sentada.
—Emocionalmente.
Zoe dejó caer las manos.
—¿Y el padre?
Miré hacia la puerta.
—Era el anestesiólogo.
Su boca se abrió.
—No.
—Sí.