Durante ocho meses escondí mi embarazo sin cometer un solo error.
Configuré cada publicación para que ciertas personas no pudieran verla. Cambié tres veces de clínica prenatal. Usaba ropa holgada, trabajaba desde casa y hasta mi madre creyó que simplemente había aumentado de peso.
Mi plan era perfecto.
Hasta que rompí aguas en la oficina.
—Zoe —dije, mirando mis pantalones empapados—. Creo que el bebé viene.
Mi compañera se quitó los auriculares.
—¿Qué bebé?
Doce personas levantaron la cabeza al mismo tiempo.
Para mis colegas, yo solo era “Clara después de engordar un poco”. Sus rostros parecieron reiniciarse cuando comprendieron que llevaba ocho meses trabajando frente a ellos con una persona completa escondida debajo de los suéteres.
Zoe fue la primera en reaccionar.
Agarró mi bolso y llamó a emergencias.
Dentro de la ambulancia solo repetía una cosa:
—Al Hospital Central no. Por favor, a cualquier otro.
—La carretera hacia San Gabriel está bloqueada —respondió el paramédico—. Central es la única opción.
Cerré los ojos.
De los treinta y siete hospitales de la ciudad, el destino había elegido justamente aquel.
El hospital donde trabajaba Mateo Ferrer.
Mi exnovio.
El padre del bebé.
Y el hombre que había terminado conmigo exactamente ocho meses atrás.
Las contracciones comenzaron a llegar con tanta fuerza que ya no pude protestar. Cuando entramos en urgencias, todo ocurrió demasiado rápido.
El bebé venía de nalgas.
Tenía treinta y cuatro semanas.
Necesitaba una cesárea de emergencia.
Minutos después estaba sobre una mesa quirúrgica, temblando bajo unas luces blancas, cuando un anestesiólogo cubierto con mascarilla empezó a leer mi expediente.
—Clara Moreno, veintiocho años, embarazo de treinta y cuatro semanas…
Su voz se detuvo.
Levantó la cabeza.
Reconocí aquellos ojos inmediatamente.
Los había mirado durante tres años.
Mi pulso se disparó en el monitor.
El hombre bajó lentamente la mascarilla.
Mateo.
Seguía teniendo el mismo rostro serio, la misma mandíbula marcada y la misma expresión que conseguía hacerme sentir culpable incluso antes de que dijera una palabra.
Sus ojos descendieron hacia mi vientre.
Después movió los labios en silencio.
Uno.
Dos.
Tres.
Estaba contando.
Las semanas de embarazo.
Los meses transcurridos desde nuestra ruptura.
La posibilidad de que ambos números coincidieran.
—Clara… —comenzó.
El pánico tomó el control de mi boca.
—No lo conozco.
La sala quedó completamente en silencio.
Una enfermera me miró.
Luego miró a Mateo.
Por su expresión, estaba segura de que aquella historia llegaría a la cafetería del hospital antes de que terminara la operación.
Mateo apretó la mandíbula.
—Treinta y cuatro semanas —dijo—. Nosotros terminamos hace ocho meses.
Abrí la boca.
No salió ningún sonido.
En ese momento entró el cirujano principal.
—Mateo, ¿está lista la anestesia?