Reconocí los dedos de Mateo.
—Estuve con él —dijo—. Leo me obligó a salir porque llevaba veinte minutos explicándole a una enfermera cómo interpretar un monitor que ella conoce mejor que yo.
A pesar del miedo, casi sonreí.
—Eso suena a ti.
—Tú ya no sabes qué suena a mí.
La frase borró cualquier rastro de humor.
Mateo guardó el teléfono.
—Necesito hacerte una pregunta.
Yo sabía cuál era.
—Estoy cansada.
—Yo también.
—Acabo de salir de una cirugía.
—Y yo acabo de descubrir que tengo un hijo.
Su voz seguía siendo baja.
No gritaba.
No hacía falta.
—No voy a discutir contigo ahora —continuó—. Solo quiero escuchar una palabra. Sí o no.
Cerré los ojos.
—Clara, ¿es mío?
Podía haber mentido.
Podía haber pedido una prueba.
Podía haber dicho que los cálculos no demostraban nada.
Pero había pasado ocho meses construyendo una muralla y acababa de ver cómo se derrumbaba dentro de un quirófano.
—Sí.
Mateo dejó escapar el aire lentamente.
Su rostro no reflejó sorpresa.
Solo dolor.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde la quinta semana.
Se apartó de la cama.
—La quinta.
—Mateo…
—Terminamos cuando estabas embarazada y no lo sabíamos. Dos semanas después descubriste que esperabas un hijo. Y durante más de siete meses decidiste que yo no tenía derecho a saberlo.
—No fue así.
—¿Cómo fue?
—Pensé que no lo querrías.
Se rio una sola vez.
No había humor en aquel sonido.
—No sabías que tenía un hijo y decidiste que no lo querría.
—Tú dijiste que nunca tendrías hijos.
Su expresión cambió.
—¿Cuándo?
—La noche en que terminamos.
Mateo se quedó quieto.
Los recuerdos regresaron con una claridad dolorosa.
Habíamos estado juntos durante tres años.
Él era anestesiólogo. Yo trabajaba como directora creativa en una agencia y llevaba meses preparando mi propia empresa.
Mateo planificaba cada aspecto de su vida.
Los horarios.
El dinero.
Las vacaciones.
Hasta las comidas de la semana.
Yo solía burlarme de él porque tenía una hoja de cálculo titulada “Objetivos sentimentales”, pero en secreto me encantaba la seguridad que transmitía.
Habíamos hablado de casarnos.
También de tener hijos.
Hasta aquella noche.
Mateo llegó a mi apartamento con el rostro completamente pálido. Había pasado el día en el hospital y apenas podía mirarme.
—Tenemos que terminar —dijo.
Creí que estaba bromeando.
—¿Qué ocurrió?
—Nada.
—Nadie rompe una relación de tres años porque no ocurrió nada.
—No puedo darte la vida que quieres.
—¿Qué vida creo que quiero?
—Una familia. Hijos.
—También eran parte de tus planes.
—Ya no.
Su tono había sido frío.
Casi cruel.
—No quiero tener hijos, Clara. Nunca.
Me quedé mirándolo.
Dos semanas antes habíamos discutido nombres para un bebé que todavía no existía.
—¿Hay otra persona?
—No.
—Entonces explícame qué cambió.
—Cambié yo.
—Eso no significa nada.
—Significa que no quiero continuar.
Intenté acercarme.
Mateo retrocedió.
—No hagas esto más difícil.
—Me debes una explicación.
—No te debo una vida que ya no quiero.
Aquella frase me destruyó.
—Entonces vete.
Mateo permaneció inmóvil durante varios segundos.
Pensé que se arrepentiría.
No lo hizo.
Antes de cerrar la puerta dijo: