Oculté mi embarazo durante ocho meses, hasta que mi ex apareció como anestesiólogo en mi cesárea

—¿El hombre atractivo con cara de querer demandar a todo el hospital?

—Mateo.

—¿Tu Mateo?

—Mi ex Mateo.

—El mismo que terminó contigo y te convirtió durante un mes en una persona que escuchaba canciones tristes mientras organizaba carpetas.

—Ese.

Zoe miró la habitación como si esperara que hubiera cámaras ocultas.

—Tu vida es una serie de televisión y yo llevo ocho meses trabajando como personaje secundario sin recibir el guion.

Antes de que pudiera responder, entró una enfermera.

—La señora Moreno puede visitar al bebé durante unos minutos.

Intenté levantarme.

El dolor me obligó a detenerme.

Mateo apareció detrás de la enfermera empujando una silla de ruedas.

No me miró.

—El médico autorizó el traslado.

Zoe observó primero a Mateo y luego a mí.

—Voy a buscar café —anunció—. Mucho café. Quizá otro país.

Mateo colocó la silla junto a la cama.

—¿Puedes incorporarte?

—Sí.

No podía.

Intenté hacerlo sola y el abdomen pareció abrirse en dos.

Mateo extendió las manos, pero se detuvo antes de tocarme.

—¿Puedo ayudarte?

La pregunta me dolió de una manera inesperada.

—Sí.

Pasó un brazo por mi espalda y otro debajo de mis piernas.

Su cuerpo seguía resultándome familiar.

Durante tres años había dormido junto a él, memorizado su respiración y aprendido que siempre estaba frío al principio de la noche.

Ahora parecía un desconocido.

Me sentó con cuidado en la silla.

Ninguno habló durante el trayecto.

Al llegar a neonatología tuvimos que lavarnos las manos y colocarnos batas. Una enfermera nos condujo hasta la incubadora.

Mi hijo parecía todavía más pequeño que en la fotografía.

Tenía los puños cerrados junto al rostro.

—Pesa dos kilos ciento veinte gramos —explicó la enfermera—. Está respondiendo bien al oxígeno.

Me acerqué al cristal.

—Hola —susurré.

El bebé no se movió.

Mateo se quedó detrás de mí.

—¿Tiene nombre? —preguntó la enfermera.

Había elegido uno durante el sexto mes.

Lo escribía en secreto en las notas del teléfono y lo pronunciaba cuando estaba sola.

—Daniel —dije.

Mateo bajó la mirada.

—Como tu padre —añadí.

Su padre se había llamado Daniel.

Mateo me observó por primera vez desde que salió de mi habitación.

—¿Por qué?

—Porque no intenté borrarte.

Una emoción cruzó su rostro.

Desapareció rápidamente.

La enfermera abrió una compuerta de la incubadora.

—Pueden tocarlo. Con suavidad.

Introduje la mano.

Mi dedo rozó la palma diminuta de Daniel.

Él lo agarró.

No pude contener las lágrimas.

Mateo permanecía inmóvil.

—Puedes acercarte —dije.

—No sé si quieres que lo haga.

—Es tu hijo.

La mandíbula le tembló.

Se colocó a mi lado e introdujo un dedo por la otra abertura.

Daniel lo sujetó inmediatamente.

Mateo dejó escapar una respiración rota.

Durante todos los años que lo conocí, solo lo había visto llorar una vez: el aniversario de la muerte de su padre.

Aquella tarde una lágrima descendió por su mejilla y desapareció debajo de la mascarilla.

—Hola, pequeño —murmuró—. Lamento llegar tarde.

Cerré los ojos.

Yo era la razón de aquella tardanza.

Daniel permaneció doce días en neonatología.

Los primeros tres fueron los peores.

Tuvo varios episodios de apnea propios de su prematuridad. Eran breves y el personal médico los controlaba, pero cada alarma me detenía el corazón.

Mateo entendía cada cifra de los monitores.

Eso no lo tranquilizaba.

Lo atormentaba.

La segunda noche, una alarma sonó mientras él estaba junto a la incubadora.

Una enfermera estimuló suavemente al bebé y sus niveles se recuperaron en segundos.

Mateo salió de la unidad con el rostro blanco.

Lo encontré apoyado contra una pared.

—Está bien —dije.

—Lo sé.

—La enfermera dijo que es normal.

—También lo sé.

—Entonces mírame.

Levantó los ojos.

—No puedo ser médico cuando se trata de él.

Me acerqué con pasos lentos. Todavía caminaba inclinada por la cesárea.

—No tienes que serlo.

—Conozco todas las cosas que pueden salir mal.