Mi teléfono vibró sobre el escritorio.
Tía Delia.
La miré durante unos segundos antes de contestar.
—¿Dónde estás? —preguntó.
Su voz ya no sonaba tranquila.
—En la imprenta del abuelo.
Silencio.
—Renata, te dije que ese lugar no era seguro.
—Nadia está conmigo.
Otro silencio.
—¿Nadia Torres?
—Sí.
Su respiración cambió.
—No tienes derecho a revisar esos documentos.
Miré la carpeta abierta frente a mí.
—Curiosamente, parece que sí.
—No sabes lo que estás leyendo.
—Entonces explícame los 291.340 dólares.
No respondió.
Y ese silencio me dio la respuesta que necesitaba.
—¿Cuánto dinero sacaste del fideicomiso para Priya?
—No fue así.
—Entonces dime cómo fue.
—Tu prima estaba pasando por un momento difícil.
Cerré los ojos.
La misma frase.
Siempre la misma frase.
Priya estaba pasando por un momento difícil.
Priya necesitaba ayuda.
Priya era sensible.
Priya no podía soportar otro golpe.
Y yo…
Yo podía soportarlo todo.
—¿Y por eso pagaste su alquiler?
—Renata…
—¿Su coche?
—Escúchame.
—¿Su negocio?
Delia suspiró.
—Tu abuelo era un hombre complicado. No quería que Priya se quedara sin nada.
Miré la carta que tenía entre mis dedos.
“Te llamarán fuerte para poder llamarse inocentes. No se lo permitas.”
—¿Y yo qué? —pregunté.
—Tú siempre has estado bien.
Me quedé completamente quieta.
Ahí estaba.
La verdad.
No era que me quisieran menos porque Priya fuera más vulnerable.
Era que habían decidido que yo no necesitaba ser querida de la misma manera.