—Mariana.
—Arturo.
Su voz era tranquila, y eso lo asustó más que la ira.
Mariana miró a Camila.
—Debes ser Camila Ríos.
Camila se quedó de pie, incómoda. —No lo sabía…
—Sí, lo sabías —dijo Mariana—. Lo que no sabías era dónde estabas.
Arturo apretó la mandíbula.
—Mariana, este no es el lugar.
Ella miró alrededor del restaurante: las luces, los platos, el emblema en las paredes.
—Te equivocas. Este es exactamente el lugar.
Octavio le entregó una carpeta.
Mariana la colocó junto a la de Arturo.
copa de vino.
“Estás sentada en mi mesa, en mi restaurante, dentro de mi hotel.”
Arturo soltó una risa seca.
“¿Tu hotel?”
Mariana no pestañeó.
“El Gran Hotel Alvarado pertenece al Grupo Alvarado. Mi padre lo fundó. Y después de separar las cuentas, corregir tus transacciones y restablecer el control legal, está de nuevo completamente bajo mi autoridad.”
Camila se tapó la boca.
Arturo bajó la voz. “No sabes lo que dices.”
“Conozco fechas, firmas, transferencias, contratos y registros”, respondió Mariana.
Luego abrió la carpeta.
Enumeró todo.
Poderes notariales vencidos.
Movimiento de capital no autorizado.
Deudas privadas respaldadas por el nombre Alvarado.
Mentiras a socios.