EL PADRE MILLONARIO INSTALÓ CÁMARAS PARA VIGILAR A LA NIÑERA DE SUS 3 HIJOS PARALÍTICOS. LO QUE DESCUBRIÓ EN LA PANTALLA LO DEJÓ SIN ALIENTO.

Alejandro abrió la aplicación de seguridad en su teléfono con la fría expectativa de atraparla cometiendo un error. Las 11 cuidadoras que la habían precedido en esa inmensa mansión en San Pedro Garza García habían fracasado miserablemente. Algunas le habían robado, otras lo habían traicionado, y todas habían dejado a sus 3 hijos en peores condiciones de las que los encontraron. Por eso, el control absoluto se había convertido en su única religión.

Hace 2 años, Alejandro Garza perdió todo lo que le daba sentido a su existencia. Su amada esposa, Sofía, falleció durante el parto. Solo 45 minutos después de dar a luz a sus trillizos, su corazón se detuvo. No hubo advertencias, no hubo un último beso; solo una fría habitación de hospital en Monterrey y 3 bebés prematuros luchando desesperadamente por cada aliento. Alejandro sostuvo la mano de su esposa hasta que perdió el calor. Luego, salió al pasillo para conocer a sus hijos: Mateo, Diego y Lucas.

El destino no esperó mucho para asestarle el segundo golpe fatal. Parálisis cerebral. Los 3 niños presentaban un cuadro severo, del tipo que se aferra a los músculos y los huesos como una condena de por vida. Los médicos fueron tajantes: las probabilidades de que los niños lograran caminar eran nulas. Alejandro escuchó las palabras, pero su alma estaba tan rota que el dolor se transformó en un témpano de hielo. Los meses pasaron. Los niños no mejoraban, permanecían en sus sillas de ruedas hechas a medida, con sus cuerpos pequeños y rígidos, y la mirada perdida. Alejandro contrató a los mejores terapeutas, trajo especialistas de todo el mundo, compró equipos médicos que costaban más que las casas de muchas familias enteras. Pero nada cambió. Y así, el hombre que alguna vez creyó que con dinero y esfuerzo todo se podía solucionar, se rindió. Enterró la esperanza en la misma tumba donde descansaba Sofía.