Luego comenzó el desfile de cuidadoras. 11 mujeres en 18 meses. La primera renunció a las 2 semanas diciendo que el ambiente era demasiado deprimente. Otra fue despedida en el acto cuando Alejandro la sorprendió vendiendo fotos de los niños a una revista de chismes por 600 dólares. A partir de ese momento, la paranoia consumió a Alejandro. Instaló cámaras de alta definición en cada rincón de la hacienda. Vigilar las grabaciones durante la madrugada se convirtió en su obsesión.
Entonces llegó Elena. Tenía 29 años, era originaria de un pequeño pueblo en Michoacán, de mirada serena y postura firme. Alejandro no vio a una mujer compasiva; vio a su próximo fracaso. “Cero improvisaciones”, le ordenó secamente el primer día, sin siquiera mirarla a los ojos. “Nada de vínculos emocionales. Siga el protocolo médico al pie de la letra. El diagnóstico es definitivo”. Elena asintió en silencio.
Pero Elena no siguió sus reglas. A través de las cámaras, Alejandro comenzó a notar cosas extrañas. Ella no los trataba como pacientes terminales. En lugar del ruido blanco de las terapias convencionales, Elena les ponía canciones tradicionales, suaves huapangos y música de guitarra, moviendo sus piernas atrofiadas al ritmo de las melodías. Les susurraba palabras de aliento y les hablaba de Dios, de milagros y de la fuerza del espíritu. Alejandro la observaba cada noche desde la oscuridad de su despacho, sintiendo cómo la ira y una extraña intriga chocaban en su pecho. Hasta que una tarde, la rutina se rompió por completo. La alerta de movimiento de su teléfono sonó a una hora inusual. Al mirar la pantalla, su sangre se heló de golpe. Las 3 sillas de ruedas estaban completamente vacías en el centro de la sala, y la puerta principal de la casa estaba abierta de par en par. El pánico lo paralizó; era imposible creer lo que estaba a punto de suceder…
Alejandro tiró el teléfono sobre su escritorio de caoba y salió corriendo de su despacho, con el corazón golpeando violentamente contra sus costillas. El eco de sus pasos resonaba por los largos y fríos pasillos de la mansión. Su mente, envenenada por las traiciones del pasado, proyectaba las peores imágenes. ¿Los había secuestrado? ¿Había ocurrido un accidente terrible? La ira lo cegaba. Estaba dispuesto a destruir a esa mujer, a llamar a la policía, a hacer que pagara con lágrimas de sangre por haber sacado a sus hijos de las sillas donde los médicos habían dictaminado que debían permanecer.
Cruzó el arco de cantera que dividía el ala este y frenó en seco al llegar a la gran sala de estar. La luz dorada del atardecer se filtraba por los inmensos ventanales, bañando el suelo de madera. No había sangre. No había secuestradores. No había tragedia. Lo que sus ojos presenciaron lo dejó completamente mudo, congelado en el umbral, incapaz de procesar la magnitud de la escena.
En el centro de la inmensa habitación, lejos de cualquier soporte médico, estaban Mateo, Diego y Lucas. Sus 3 hijos paralíticos, los niños que según la ciencia estaban condenados a la inmovilidad eterna, estaban de pie. Sus pequeñas piernas temblaban con violencia, sus rostros estaban tensos por el esfuerzo sobrehumano, pero se sostenían sobre sus propios pies.
A unos 5 metros de ellos, arrodillada en el suelo, estaba Elena. Tenía los brazos abiertos de par en par, y su rostro estaba bañado en lágrimas. No eran lágrimas de tristeza, sino de un gozo tan puro que iluminaba toda la habitación.