Toda la escuela se burlaba de la marca en mi rostro, así que nadie quiso invitarme al baile… excepto el chico más popular. Todos rieron cuando entramos juntos al gimnasio, hasta que varios policías aparecieron de repente y dijeron su nombre.

PARTE 1

—A Sebastián le pagamos para sacarte a bailar, no para que se enamorara de tu lástima.

La frase no la dijo Diana frente a mí esa noche. La había dicho 3 semanas antes, en un audio que yo todavía no sabía que existía. Pero cuando la policía entró al salón de graduación, con las luces azules rebotando contra los globos dorados, entendí que mi peor pesadilla apenas estaba empezando.

Me llamo Valeria Montes. Tenía 17 años, estudiaba el último semestre de preparatoria en Guadalajara y llevaba toda la vida intentando esconder una mancha de nacimiento que me cubría parte de la mejilla izquierda, desde el pómulo hasta cerca de la boca.

No era pequeña. No era discreta. Era de esas marcas que la gente mira antes de mirar tus ojos.

En mi escuela me decían “mapa viejo”, “manchada”, “cara quemada”. Nunca faltaba quien hiciera un comentario en voz baja cuando pasaba por el pasillo. Y como mi mamá era mesera y lavaba uniformes ajenos para completar la renta, mis tenis casi siempre eran usados, mis blusas venían del tianguis y mi mochila tenía más costuras que tela original.

Yo había aprendido a no levantar la cabeza.

La fiesta de graduación se acercaba y todas las niñas hablaban de vestidos, uñas, maquillaje y parejas. Yo solo quería que llegara rápido el lunes siguiente para fingir que nada de eso había existido.

—No voy a ir, mamá —le dije una noche, mientras ella remendaba una falda negra bajo la luz amarilla de la cocina.

Mi mamá, Rocío, levantó la vista. Tenía las manos hinchadas de tanto trabajar, pero todavía sonreía como si la vida no la hubiera tratado a golpes.

—Hija, solo es una noche.

—Para ellas es una noche. Para mí va a ser una exhibición.

Ella dejó la aguja sobre la mesa.

—No naciste para esconderte, Vale.

Quise creerle. De verdad quise. Pero al día siguiente, en la escuela, Diana Robles pasó junto a mí con sus amigas y soltó una risita.

—Ojalá pongan luces bajas en el salón. Hay cosas que no se deben ver tan de cerca.

Todas se rieron.

Diana era hermosa, rica y capitana del equipo de porristas. Su papá pagaba patrocinios de la escuela, donaba computadoras y tenía al director comiendo de su mano. Por eso nunca le pasaba nada.

Esa tarde, mientras sacaba mi libro de historia del casillero, Sebastián Ibarra apareció a mi lado.

Sebastián era el tipo de chico que no necesitaba hablar para que todos voltearan. Alto, sonrisa segura, jugador estrella del equipo de fútbol americano de la prepa. Las niñas suspiraban por él. Los maestros lo saludaban como si ya fuera famoso.

Yo apenas había cruzado 5 palabras con él.

—Valeria —dijo, metiendo las manos en los bolsillos de su chamarra—. Quería preguntarte algo.

Me puse rígida.

—¿Qué?

—¿Quieres ir conmigo al baile de graduación?

Sentí que el pasillo se quedaba sin ruido.

—¿Conmigo?

—Sí, contigo.

Lo miré buscando la burla. No la encontré.

—¿Por qué?

Sebastián bajó la voz.

—Porque nadie debería hacerte sentir menos. Y porque me gustaría pasar esa noche contigo.

Acepté con un hilo de voz.

Mi mejor amiga, Lupita, casi se atragantó con su torta cuando se lo conté.

—Vale, esto está raro. Sebastián no es malo, pero Diana está obsesionada con él. Ten cuidado.

Yo también lo sabía. Pero había una parte de mí, una parte tonta y hambrienta de cariño, que quería creer que por una vez algo bonito podía pasarme a mí.

Mi mamá pasó 2 noches arreglando un vestido azul marino que había sido suyo. Lo ajustó a mi cintura, le cambió el cierre y me peinó el cabello hacia atrás.

—No tapes tu cara —me dijo, con los ojos brillosos—. Hoy no.

Cuando Sebastián llegó por mí, traía un ramo pequeño de flores blancas.

—Te ves preciosa —susurró.

En el coche habló poco. Miraba su celular, lo bloqueaba, respiraba hondo. Yo pensé que estaba nervioso. Me aferré a esa explicación como quien se aferra a una rama sobre un río.

El salón de la escuela estaba lleno. Luces doradas, música fuerte, vestidos brillantes, celulares listos para grabar. Cuando entramos tomados de la mano, las conversaciones bajaron de volumen.

Sebastián me llevó a la pista.

Bailó conmigo despacio, mirándome a los ojos. Durante unos minutos, olvidé mi cara, mi vestido prestado, las risas.

Entonces alguien gritó:

—¡Miren! ¡Sebastián hizo obra de caridad!

Las carcajadas explotaron.

Otra voz añadió:

—¿Cuánto te pagaron, Sebas? ¡Porque gratis nadie baila con eso!

Sentí que el cuerpo se me congelaba. Miré a Sebastián. Él apretó la mandíbula.

—Vámonos —susurré—. Por favor.

Él me tomó de la mano para llevarme a la salida.

Pero antes de llegar, las puertas del salón se abrieron de golpe.

Entraron 4 policías.

Caminaron directo hacia nosotros.

El oficial de adelante miró a Sebastián y dijo:

—Joven Ibarra, tiene que acompañarnos de inmediato.

Yo sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.

—¿Qué hizo? —pregunté, temblando.

El oficial me miró sorprendido.

—¿Entonces usted no sabe lo que él hizo?

Sebastián se puso pálido.

Toda la escuela guardó silencio.

Y en ese instante entendí que la noche que mi mamá había cosido con tanto amor estaba a punto de romperme de una forma que nadie podía creer.