PARTE 2
—Valeria, escúchame —dijo Sebastián, con la voz quebrada—. No es como parece.
Yo solté su mano.
—¿No es como parece? La policía viene por ti en medio del baile. ¿Qué parte no estoy entendiendo?
Los celulares estaban levantados. Diana sonreía cerca de la mesa de bebidas, como si por fin el espectáculo hubiera llegado a su mejor escena.
El oficial se aclaró la garganta.
—Joven, necesitamos que diga la verdad ahora.
Sebastián cerró los ojos unos segundos. Cuando los abrió, ya no parecía el chico seguro de siempre. Parecía alguien cargando una piedra demasiado pesada.
—Hace 3 semanas —dijo—, Diana y sus amigas me ofrecieron 12,000 pesos para invitarte al baile.
Sentí un golpe en el pecho.
El salón completo murmuró.
—No… —dije, retrocediendo—. No, Sebastián.
Él dio un paso hacia mí, pero Lupita apareció a mi lado y me sujetó del brazo.
—Querían que yo te hiciera creer que me gustabas —continuó—. Querían grabarte bailando conmigo, luego poner un audio en las bocinas diciendo que todo era una apuesta. Querían subirlo a una cuenta anónima.
Las piernas me temblaron.
—¿Y aceptaste?
Sebastián bajó la cabeza.
—Sí.
La palabra cayó como una piedra.
Mi garganta se cerró.
—¿Cómo pudiste?
—Porque sabía que si decía que no, iban a buscar a otro. Y porque esa cuenta anónima… la de “La Mancha de la Prepa”… también era de ellas.
El aire se me fue.
Esa cuenta llevaba 2 años subiendo fotos mías tomadas sin permiso: mi uniforme viejo, mis zapatos rotos, mi cara ampliada con filtros horribles. Cada publicación tenía cientos de burlas. Yo había llorado noches enteras por eso.
El oficial levantó una carpeta.
—Sebastián Ibarra entregó audios, capturas de pantalla, transferencias y conversaciones donde se planeaba una agresión digital contra usted. Hoy venimos a asegurar teléfonos y tomar declaraciones.
Diana dejó de sonreír.
—¡Eso es mentira! —gritó—. ¡Sebastián está inventando todo porque se volvió loco por esa cosa!
El oficial giró hacia ella.
—Señorita Robles, le sugiero medir sus palabras.
Diana avanzó entre la gente, furiosa, con el vestido rojo brillando bajo las luces.
—¿Tú hiciste esto? —le gritó a Sebastián—. ¿Me traicionaste por ella?
Sebastián la miró sin moverse.
—Tú la has destruido durante años.
—¡Ella sola se destruye con esa cara!
El silencio fue brutal.
Yo sentí que todos volteaban a verme, pero esta vez no bajé la mirada. No sé de dónde saqué fuerza.
—Repítelo —le dije.
Diana parpadeó.
—¿Qué?
—Repítelo frente a ellos. Frente a la policía. Frente a todos los teléfonos que están grabando.
Por primera vez, Diana dudó.
Uno de los policías se acercó a ella.
—Necesitamos que nos acompañe. Usted y las 5 jóvenes que aparecen en las conversaciones.
Sus amigas comenzaron a llorar. Una dijo que Diana las había obligado. Otra intentó esconder su celular en la bolsa. La policía se lo pidió de inmediato.
Entonces apareció el director, sudando, abriéndose paso entre los alumnos.
—Oficial, esto puede resolverse dentro de la institución. No hace falta escandalizar.
El oficial lo miró serio.
—Director Salcedo, también necesitamos hablar con usted.
El salón entero reaccionó.
El director se puso blanco.
Sebastián sacó su celular y miró a Diana.
—También hay audios donde tu papá le promete al director una donación si ignora las denuncias de Valeria.
Mi corazón se detuvo.
Yo había ido 4 veces a dirección. 4 veces me dijeron que “no hiciera más grande el problema”.
El oficial abrió la carpeta y dijo:
—Valeria Montes, necesitamos preguntarle algo. ¿Usted autorizó que se usaran sus fotos en esa cuenta?
Negué con la cabeza, llorando.
—Nunca.
—¿Denunció antes a la escuela?
—Sí. Y nunca hicieron nada.
El director bajó la mirada.
Diana empezó a gritar que todos pagarían, que su papá iba a hundirlos, que nadie podía tocarla.
Entonces la puerta volvió a abrirse.
Entró mi mamá.
Todavía llevaba el uniforme del restaurante.
Y cuando vio mi cara llena de lágrimas, se llevó una mano al pecho.
—Valeria… ¿qué te hicieron?
Yo quise correr hacia ella, pero el oficial dijo algo que heló a todos:
—Señora Rocío, llegamos a tiempo. Acabamos de encontrar en el celular de una de las jóvenes un video programado para subirse esta misma noche.
Diana gritó:
—¡No lo abran!
Pero ya era tarde.
El policía miró la pantalla.
Y lo que apareció ahí hizo que Sebastián cubriera su rostro con las manos.