PARTE 2
Sentí que se me fue la sangre a los pies.
En la pantalla, Leticia entró en pantuflas, con una bata color crema y el paso tranquilo de quien no está improvisando. Mi mamá ya estaba despierta. No sorprendida. Asustada.
—¿Otra vez con la luz prendida? —dijo Leticia, cerrando la puerta—. ¿Crees que la luz se paga sola?
—Tuve una pesadilla —murmuró mi mamá.
Leticia le arrebató la cobija.
—La pesadilla soy yo, ¿no? Eso quisieras decirle a Roberto. Que yo soy la mala.
Mi madre bajó la mirada.
—No quiero dar lata.
—Pero das —respondió ella—. Desde que llegaste, esta casa huele a medicina, a miedo y a pañales. Ya ni puedo sentarme a tomar café sin escuchar tu respiradero.
Apreté el celular hasta que me dolieron los dedos.
Leticia la jaló del brazo donde estaba el moretón. Mi mamá soltó un quejido pequeño, de esos que duelen más porque intentan no hacer ruido.
—Cállate. Roberto duerme como piedra. Y aunque despertara, ¿qué le vas a decir? ¿Que te trato feo? Si ayer jurabas que tu marido estaba vivo.
Luego le quitó el vaso de agua, escondió el pan dulce que yo le había dejado y apagó la lámpara.
—Aprende a no estorbar.
No la confronté esa mañana.
No porque me faltaran ganas.
Porque entendí que un solo video no bastaba. Leticia iba a decir que era un malentendido, que yo exageraba, que mi mamá inventaba cosas por la demencia. Así que dejé la cámara cuatro noches más.
Cada grabación fue peor.
Descubrí que Leticia le cambiaba los horarios de las pastillas para que durmiera de día y por la noche estuviera confundida. Le escondía comida. La amenazaba con llevarla a un asilo “de esos donde nadie pregunta por las viejas”.
Una noche dijo algo que me heló.
—Si Roberto se muere antes que tú, te saco con tus bolsas negras a la banqueta.
Al quinto día ya no pude fingir.
Le dije a Leticia que llevaría a mi mamá a la clínica por la presión.
Ni levantó la vista del WhatsApp.
—Llévatela. A ver si allá la aguantan.
En el carro, mi mamá iba pegada a la puerta, con la bolsa en las piernas.
—¿Te vas a enojar porque salimos? —susurró.
Me orillé en seco.
Me cubrí la cara con las manos y lloré como no lloraba desde que enterramos a mi hijo Diego.
—Perdóname, mamá. Yo debí verlo antes.
Ella no dijo nada. Solo me tocó el hombro con cuidado, como si todavía necesitara permiso para consolarme.
En la clínica, una doctora joven revisó los moretones, la pérdida de peso y ese temblor que a mi mamá le daba al escuchar el nombre de Leticia.
—Aquí nadie la va a mandar de regreso sin escucharla —le dijo.
Entonces mi madre lloró.
Contó los insultos, el hambre, las noches sin dormir, el miedo a que yo creyera que estaba loca.
Al salir, mientras buscaba una muda de ropa para ella en casa, abrí el cajón donde Leticia guardaba recibos. Encontré un sobre de una notaría de Tlalpan.
Adentro había un poder firmado para vender el terrenito de mi mamá en Puebla.
Pero mi mamá ya no podía firmar así desde hacía años.
Y la letra de esa firma no era de ella.
Era de Leticia.