Mariana se quedó paralizada, mirando alternativamente el reloj inservible en manos de su exmarido, la evidente angustia en su rostro y la serena determinación de su hija. La realidad la golpeó como un puñetazo. El hombre con el que había formado una familia durante años había orquestado un cruel plan para incriminarla por un crimen devastador.
—¿Por qué? —susurró Mariana, con la voz quebrada por una profunda tristeza—. ¿Por qué nos hiciste esto, Óscar?
Óscar retrocedió hacia la puerta principal, completamente destrozado. —No lo entiendes… la deuda… iban a venir a por mí…
—La policía ya viene —interrumpió Daniela con frialdad, mostrándole la pantalla de su teléfono, donde se veía una línea activa a los servicios de emergencia que había marcado en el momento en que él agarró la bolsa—. Les di la dirección hace cinco minutos, cuando estabas en el pasillo.
Afuera, el débil ulular de las sirenas que se acercaban comenzó a oírse por encima del ruido del tráfico . Óscar miró la puerta, luego a su hija, dándose cuenta de que todas las salidas habían sido sistemáticamente cerradas. En cuestión de minutos, la policía llegó al edificio, incautó las grabaciones de la nube, las pruebas físicas guardadas en el armario del pasillo y las declaraciones de todos los implicados.
Mientras los agentes se llevaban a Óscar, la tía Leticia fue detenida poco después en su domicilio, sin poder explicar su implicación en la logística del atraco a la Plaza Altavista. Mariana estaba sentada en el sofá, abrazada a su hija, abrumada por la tormenta que había sacudido sus vidas en una sola tarde.
Daniela abrazó con fuerza a su madre, sabiendo que, si bien la traición era profunda, su disposición a mantenerse alerta había salvado a su familia de una tragedia inimaginable. La verdad había salido a la luz y, juntas, por fin estaban a salvo.
PARTE 1