Tenía siete años la última vez que vi a mi madre.
Comenzó como una mañana normal. Rose le estaba haciendo trenzas a mi hermana gemela Lucy en la mesa del comedor mientras yo forcejeaba con mis cordones en el suelo.
Nos dio un beso en la frente a los dos antes de subir al coche.
“Las recogeré después de clases”, nos dijo. “Me importan más que el cielo entero”.
Esas fueron las últimas palabras que nos dirigió.
Más tarde ese día, papá estaba parado junto a la puerta de la escuela. Tenía los ojos inyectados en sangre y las manos le temblaban.
—¿Dónde está mamá? —preguntó Lucy.
—Tu madre… no va a venir, cariño —dijo en voz baja.
—¿Cuándo volverá? —le tiré de la camisa—. Papá, ¿cuándo?
“No tengo ni idea, cariño. De verdad que no lo sé.”
Esa noche nos quedamos despiertos esperando. Y la siguiente. Y la siguiente.
Pero mamá había desaparecido.
Tres meses después, Amber entró en nuestra sala de estar con regalos, una cazuela y una sonrisa que me inquietó, aunque yo era demasiado joven para entender por qué.
—Niños, les presento a Amber, mi gran amiga de la oficina —dijo papá con dulzura—. Nos va a ayudar un rato.
