
PARTE 1
“Tres años, Alejandro. Tres años sin mandar ni para una caja de leche… ¿y ahora te acuerdas de tu hija con esta cochinada?”
Lo dije sola, frente a la mesa de mi cocina en un departamento pequeño de la colonia Portales. Sobre la mesa estaba la caja que acababa de dejar un repartidor.
Venía a nombre de Sofía, mi hija.
Adentro había una muñeca vieja.
De trapo, sucia, con un ojo flojo y el vestido percudido, como si hubiera pasado años en una bodega húmeda.
Sentí rabia.
Porque Alejandro, mi exesposo, no había preguntado por su hija en tres años. Ni llamadas, ni regalos de cumpleaños, ni un peso de pensión. Nada. Se fue cuando Sofi tenía dos años, diciendo que necesitaba “una vida más grande”, y a los seis meses apareció en Facebook casándose con Camila Montenegro, una supuesta heredera de Polanco, siempre vestida de blanco.
Yo vi esas fotos desde mi celular barato, mientras Sofía dormía con fiebre y yo calculaba si alcanzaba para el doctor o para la renta.
Así que cuando vi esa muñeca horrible, pensé que era otra burla.
La agarré de una pierna para tirarla, pero Sofía corrió desde la sala.
“¡No, mamá! ¡Es de mi papá!”
Se me quebró algo por dentro.
Para mí, Alejandro era abandono. Para ella, seguía siendo una palabra dulce. Una pregunta sin respuesta.
Le dejé la muñeca.
Sofía la abrazó como si fuera de oro.
“Se llama Daisy”, dijo.
Esa noche la acosté con la muñeca junto a su almohada. Me dormí tarde, después de lavar uniformes, revisar cuentas y llorar poquito en silencio, como lloran las mamás cuando no quieren que los hijos las escuchen.
A las tres de la mañana me despertó un ruido.
Ras… ras… ras…
Como uñas contra tela.
Me levanté con el corazón golpeándome el pecho y fui al cuarto de Sofía. La luz del poste entraba por la cortina. Mi hija estaba sentada en el piso, en pijama, con la muñeca abierta sobre las piernas.
Con sus deditos estaba sacando algo del estómago de trapo.
“Sofi”, susurré.
Ella brincó y escondió las manos.
“Perdón, mami. Papá dijo que lo sacara cuando tú estuvieras dormida. Dijo que la señora mala no debía verlo.”
Se me helaron los pies.
La abracé, la acosté otra vez y esperé hasta que se durmió. Luego recogí del piso un papel arrugado y un paquetito envuelto en plástico.
Reconocí la letra de Alejandro.
Solo decía:
Sálvame. No confíes en ella.
Dentro del plástico había una USB negra y una copia de una credencial.
La foto era de Camila.
Pero el nombre no decía Camila Montenegro.
Decía Lucía Hernández, nacida en un pueblo de Zacatecas.
Metí la USB en mi laptop. Había videos.
Abrí el primero.
Alejandro apareció en la pantalla.
Flaco, pálido, con barba crecida y los ojos hundidos. No era el hombre arrogante de las revistas. Parecía encerrado en un cuarto oscuro.
“Elena”, dijo con la voz rota, “si estás viendo esto, es porque ya no sé cuánto tiempo me queda.”
Me tapé la boca.
“La mujer con la que me casé no es quien dice ser. Me tiene encerrado. Me da pastillas. Me está vaciando las cuentas. Su siguiente objetivo es…”
El video se cortó.
Justo cuando se escucharon pasos detrás de él.
Entonces alguien golpeó mi puerta con tanta fuerza que el departamento tembló.
Pum. Pum. Pum.
Sofía despertó llorando.
Guardé la USB en mi brasier y me acerqué al mirilla.
Cuando vi quién estaba afuera, entendí que la muñeca no era un regalo.
Era una bomba.
Y alguien había venido a recuperarla.