PARTE 2
Camila estaba del otro lado de la puerta.
No llevaba bata ni cara de sueño. Llevaba un abrigo color crema, tacones finos y unos aretes que brillaban bajo la luz triste del pasillo. Parecía salida de una portada de revista, parada frente a mi puerta despintada a las tres de la mañana.
“Elena”, dijo, suave. “Abre. Sé que estás despierta.”
Sentí el papel con la credencial pegado a mi piel. Lucía Hernández. Ese nombre me latía como una alarma.
Agarré un sartén de hierro de la estufa.
“¿Qué quieres?”
“Vengo por la muñeca que Alejandro le mandó a Sofía.”
No preguntó si existía. No fingió. La quería.
“¿Qué muñeca?”
“No te hagas la tonta. Alejandro está enfermo. Confundido. Robó documentos privados de mi familia y pudo esconderlos ahí.”
“Entonces ponlo al teléfono.”
Hubo silencio.
“Es de madrugada”, respondió.
“Tú también estás aquí de madrugada.”
Del otro lado respiró lento. Como quien se quita una máscara.
“Mira, Elena. No tienes idea con quién te estás metiendo.”
“No”, dije, apretando el sartén. “Pero sí sé con quién no vas a meterte. Con mi hija.”
Camila soltó una risa bajita.
“Siempre tan dramática. Te ofrezco algo mejor. Me das la muñeca y mañana tienes quinientos mil pesos en tu cuenta. Además, me encargo de que Alejandro pague una pensión decente. Sofía puede ir a una buena escuela. Tú puedes salir de este lugar.”
Me ardieron los ojos.
Tres años limpiando oficinas por las noches. Tres años contando monedas para el camión. Tres años inventando excusas para que Sofía no sintiera que su papá la había tirado como basura. Y ahora esa mujer venía a comprar mi silencio como si yo tuviera precio.
“No.”
“Elena, piénsalo.”
“No.”
Su voz se volvió hielo.
“Cuando una niña se queda sin mamá, aprende muy rápido que las muñecas no la protegen.”
Se me cortó la respiración.
Abrí la cámara del celular y hablé fuerte, para que el audio quedara claro.
“Aléjate de mi casa, Camila. O Lucía. O como te llames.”
No respondió.
Solo escuché sus tacones alejándose y luego el elevador.
Corrí al cuarto de Sofía. Estaba sentada en la cama, con Daisy apretada contra el pecho.
“¿Era la señora mala?” preguntó.
Me arrodillé frente a ella.
“¿Por qué dices eso, mi amor?”
Sofía bajó la mirada.
“Porque papá lo dijo en la cosita que venía adentro.”
Sentí un golpe en el estómago.
“¿Qué cosita?”
Mi hija metió la mano debajo de la almohada y sacó una tarjeta de memoria diminuta.
“Se me olvidó decirte. Daisy traía otra pancita.”
La abracé tan fuerte que casi la asusté.
Antes del amanecer copié todo en una nube vieja que Alejandro nunca conoció. No era experta, pero un año de informática forense en el CECyT me alcanzaba para saber algo: si te quitan la prueba, te quitan la voz.
La tarjeta tenía más videos. Pasaportes escaneados. Transferencias a empresas falsas. Recetas de sedantes.
Y un audio.
Camila hablaba con un hombre.
“Cuando Alejandro firme lo último, lo hacemos parecer recaída. La ex lo odia. Nadie va a preguntar.”
Me quedé fría.
Alejandro no solo estaba atrapado.
Lo estaban preparando para desaparecer.
Y al final de la carpeta había un archivo con un nombre que me dejó sin aire:
SOFIA_SIGUIENTE.