
PARTE 1
“Tu marido no vino a trabajar ni ayer ni hoy… ¿tú sabes dónde está?”
Me quedé congelada con una zapatilla de mi hijo en una mano y un vaso de plástico lleno de cereal viejo en la otra.
Era sábado, casi mediodía, y mi sala parecía zona de desastre: carritos bajo el sillón, muñecas sin zapato, migajas de galleta María en la alfombra y mis dos hijos peleando porque uno había respirado “muy cerca” del otro.
Del otro lado de la línea, el licenciado Ramírez, jefe de mi esposo, hablaba con una calma que me partió el estómago.
“Perdón, señora Mariana, pero Alejandro no contesta. Pensé que tal vez estaba enfermo.”
Tragué saliva.
“Alejandro salió ayer viernes a las seis de la mañana. Me dijo que tenía un proyecto urgente y que trabajaría todo el fin de semana.”
Hubo silencio.
Un silencio horrible.
“Señora… no hay ningún proyecto urgente. De hecho, el viernes salimos temprano por mantenimiento en la oficina.”
Sentí que algo dentro de mí hizo clic.
No lloré.
No grité.
Me reí.
Pero no fue una risa bonita. Fue una risa de esas que salen cuando una mujer acaba de encontrar la última pieza del rompecabezas y ya no le importa si se incendia la casa.
“Gracias, licenciado. Si sé algo de Alejandro, le aviso.”
Colgué.
Mis hijos, Diego de siete años y Valeria de nueve, me miraron desde la mesa.
“Mamá, ¿por qué te ríes así?”, preguntó Diego.
“Porque su papá es un mentiroso”, dije, tomando mi bolsa. “Y nosotros nos vamos de compras.”
Valeria abrió los ojos.
“¿De compras de verdad?”
“De compras de venganza, mi amor. Las mejores.”
Subí corriendo a la recámara. Abrí el cajón donde Alejandro guardaba su tarjeta negra “solo para emergencias”. Siempre decía que había que ser responsables, que no era momento para gastar, que el dinero se cuidaba.
Bueno.
Mi dignidad también era una emergencia.
Le mandé mensaje:
“Me habló tu jefe. Qué raro que no hayas ido a trabajar en tu fin de semana tan ocupado.”
Aparecieron los puntitos.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Nada.
Escribí otra vez:
“No te preocupes. Los niños y yo también tenemos una emergencia. En Liverpool.”
Primera parada: la juguetería del centro comercial.
“Elijan lo que quieran”, dije.
Diego abrazó una caja enorme de bloques, casi más grande que él.
Valeria tomó una casa de muñecas que llevaba meses mirando por internet.
“¿De verdad, mamá?”
“Hoy sí. Hoy su papá patrocina la felicidad infantil.”
Después fuimos por ropa.
Me probé vestidos, blusas, zapatos. Cosas que nunca compraba porque siempre había colegiaturas, súper, gas, recibos, uniformes.
“Mamá, pareces artista”, dijo Valeria cuando salí con un vestido rojo.
“No, hija. Parezco una mujer que recordó que existe.”
El celular vibraba sin parar.
Alejandro:
“Mariana, por favor.”
“Déjame explicarte.”
“No hagas locuras.”
“¿Dónde estás?”
Le contesté mientras me probaba unas zapatillas carísimas:
“Estoy trabajando también. En mí.”
Luego fuimos al salón.
“Quiero corte, tinte, manicure, pedicure, ceja, todo”, le dije a la estilista.
“¿Cumpleaños?”
“No. Funeral.”
La mujer se asustó.
“¿De quién?”
“De mi paciencia.”
Cuando por fin Alejandro llamó otra vez, contesté.
“¿Dónde estás?”, gritó.
“Qué curioso. Yo iba a preguntarte lo mismo.”
“Necesito explicarte.”
“Adelante. Tienes treinta segundos antes de que compre una bolsa que cuesta como tu quincena.”
Respiró fuerte.
“Mariana… no es lo que piensas.”
Cerré los ojos.
La frase favorita de todos los culpables.
“No estaba con otra mujer”, dijo.
Sentí que el piso se movió.
“Entonces dime dónde estuviste desde ayer.”
Del otro lado solo escuché su respiración.
Luego dijo algo que me dejó helada:
“Estoy en el Hospital General… con mi papá.”
El mismo papá que lo abandonó a los quince años. El mismo del que Alejandro juraba no querer saber nada aunque se estuviera muriendo.
Y entonces agregó:
“Y no estoy solo. Hay una niña aquí. Tiene dieciséis años. Dice que es mi hermana.”
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…