PARTE 2
“¿Tu hermana?”, repetí en medio de la tienda, con una bolsa de ropa en una mano y el corazón en la garganta.
La empleada, que venía con otras zapatillas, se detuvo al verme la cara.
Alejandro habló bajito, como si cada palabra le costara.
“Se llama Camila. Su mamá murió hace dos meses. Mi papá llevaba años viviendo con ellas en Iztapalapa. Anoche lo ingresaron grave por una infección en los riñones. Ella estaba sola, Mariana. Sola en urgencias, firmando papeles que ni entendía.”
Yo quería seguir furiosa.
Tenía derecho.
Mi esposo me había mentido. Me dejó en casa con los niños, inventó un proyecto falso y desapareció dos días. Me hizo imaginar hoteles, amantes, cenas, mensajes borrados.
Pero una niña de dieciséis años sola en un hospital público… eso no era una excusa barata. Eso dolía de otra manera.
“¿Y por qué no me lo dijiste?”
Silencio.
“Porque me dio vergüenza”, contestó al fin. “Me dio vergüenza aceptar que todavía me importa ese hombre. Me dio vergüenza que me vieras correr por alguien que nunca corrió por mí. Y cuando vi a Camila… no supe qué hacer.”
“Entonces decidiste mentirme.”
“Sí.”
No se defendió.
Eso me enfureció más, porque la honestidad tardía a veces pesa más que la mentira.
“¿En qué hospital estás?”
“En el General de Balbuena.”
“Quédate ahí.”
“¿Vas a venir?”
“No te emociones. No voy por ti. Voy por esa niña.”
Colgué.
Mis hijos me miraban desde una banca, rodeados de bolsas.
“¿Papá está enfermo?”, preguntó Diego.
“No. Su abuelo.”
Valeria frunció el ceño.
“Pero papá dijo que no tenía papá.”
Esa frase me atravesó.
Porque a veces los adultos decimos “no tengo” cuando en realidad queremos decir “me duele tener”.
Llegamos al hospital cuarenta minutos después con los niños, las bolsas, un paquete de conchas, dos aguas, una caja de jugos y unas galletas que compré sin pensar. Alejandro estaba junto a recepción.
No parecía hombre saliendo de una aventura.
Parecía hombre destruido.
Camisa arrugada, barba de dos días, ojos rojos, manos temblando. Diego corrió a abrazarlo. Valeria fue más lenta, pero también terminó pegada a él.
Yo me quedé quieta.
Entonces la vi.
Camila estaba sentada en una esquina, con una sudadera enorme, tenis gastados y una mochila escolar en las piernas. Era delgada, morena, de ojos grandes. Ojos iguales a los de Alejandro.
No solo por el color.
Por la tristeza.
Alejandro se acercó con cuidado.
“Camila, ella es Mariana. Mi esposa. Y ellos son Diego y Valeria.”
La niña se levantó rápido.
“Perdón”, dijo antes de que nadie hablara. “Yo le dije que se fuera. No quería causar problemas.”
Ahí se me rompió algo.
Una niña que pide perdón por existir siempre toca una parte peligrosa del corazón de una madre.
“¿Has comido?”, pregunté.
Bajó la mirada.
“Un pan… ayer.”
Me giré hacia Alejandro.
“¿Ayer?”
“Mariana, yo…”
“No hables. Cada palabra te hunde más.”
Abrí las bolsas como si estuviera organizando un rescate.
“Valeria, dale el jugo. Diego, las galletas. Alejandro, tú siéntate y piensa en tus decisiones.”
Camila tomó la comida con las dos manos, como si temiera que alguien se la quitara.
Mientras comía, una doctora salió del pasillo.
“Familiares del señor Ernesto Salgado.”
Alejandro se puso de pie.
Camila también.
La doctora nos miró con una seriedad que me heló la sangre.
“Necesitamos hablar. Hay algo que deben saber antes de entrar.”
Y en ese momento entendí que la mentira de Alejandro no era lo peor que iba a descubrir.