Me contrataron para visitar todos los domingos a un veterano ciego y solitario, fingiendo ser su nieta. Pero después de su muerte, su abogado me miró fijamente y dijo: “Antes de morir, dejó una última instrucción sobre ti.”

PARTE 1

—Te vamos a pagar para que finjas ser la nieta de un viejo ciego todos los domingos. Nadie tiene por qué enterarse.

Valeria se quedó inmóvil frente a la mesa de una cafetería en la colonia Narvarte, con las manos apretadas alrededor de un vaso de café que ya se había enfriado. Tenía 22 años, ojeras de no dormir y una desesperación que llevaba meses escondiendo detrás de una sonrisa.

De día estudiaba enfermería en una universidad pública. De noche acomodaba mercancía en un supermercado cerca de Portales. Y cuando volvía a casa, todavía ayudaba a su mamá, Rosa, a cuidar a su hermano menor, Mateo.

Mateo tenía 14 años, pero hablaba de hospitales como otros niños hablaban de videojuegos. Conocía los pasillos, las enfermeras, los olores a desinfectante, los nombres de sus medicamentos. Su tratamiento era caro, demasiado caro para una familia que ya debía renta, luz y varias consultas atrasadas.

Rosa nunca se quejaba. Trabajaba turnos dobles como auxiliar en una clínica privada y, aun así, llegaba a casa preguntando si Mateo quería caldo, gelatina o ver una película. Pero Valeria veía lo que Mateo no veía.

Veía los recibos doblados bajo el mantel.

Veía a su madre llorar en silencio junto al fregadero.

Veía el miedo en sus ojos cada vez que sonaba el teléfono.

Una noche de lluvia, llegó una nueva cuenta del hospital. Rosa la abrió, la leyó durante varios segundos y luego la guardó debajo de las otras, como si esconderla pudiera hacerla menos real.

Esa misma madrugada, Valeria buscó trabajos en internet.

Cuidar perros.

Dar clases de regularización.

Limpiar departamentos.

Hasta que un anuncio la dejó helada.

“Se busca joven de 20 a 25 años para acompañar los domingos a veterano ciego. Pago generoso. Debe estar dispuesta a actuar como familiar cercana.”

Valeria pensó que era una estafa. Después leyó el resto.

El hombre se llamaba Ernesto Aguilar. Había sido sargento del Ejército Mexicano. Había perdido la vista años atrás. Su nieta verdadera no lo visitaba desde hacía mucho por un pleito familiar, pero él seguía preguntando por ella.

La familia quería contratar a alguien que “llenara ese vacío”.

A Valeria le pareció cruel.

Casi cerró la página.

Entonces volteó hacia la cuenta del hospital de Mateo.

Y escribió.

Una semana después, conoció a Cecilia, la hija de don Ernesto. Era una mujer elegante, de unos 50 años, con bolsas caras bajo los ojos y una culpa que no sabía dónde poner.

—Mi papá vive solo en Coyoacán —explicó—. Tiene una señora que le ayuda entre semana, pero los domingos se deprime. Mi hija Jimena dejó de ir a verlo hace 4 años. Él cree que algún día va a volver.

Valeria tragó saliva.

—¿Y usted quiere que yo finja ser ella?

Cecilia bajó la mirada.

—No exactamente ella. Una nieta. Alguien que le hable bonito, que coma con él, que lo haga sentir querido.

—Eso es mentirle.

—Sí —dijo Cecilia, sin defenderse—. Pero a veces una mentira suave duele menos que una verdad abandonada.

Valeria quiso levantarse. Quiso decir que no. Quiso conservar al menos esa parte limpia de sí misma.

Pero pensó en Mateo tratando de sonreír después de cada tratamiento.

—¿Cuánto pagan?

La cifra la hizo cerrar los ojos.

Con 4 domingos podía cubrir una consulta importante.

Aceptó.

El primer domingo llegó temblando a una casa blanca de fachada antigua, con bugambilias moradas, macetas de barro y una bandera mexicana doblada dentro de una vitrina junto a la sala.

Tocó la puerta.

Don Ernesto abrió casi de inmediato.

Era alto, delgado, con el cabello completamente blanco y unos lentes oscuros. No veía, pero sonrió como si la hubiera estado esperando toda la vida.

—Llegaste, mi niña.

Valeria sintió que algo se le rompía por dentro.

—Hola, abuelito —dijo.

La palabra le supo a robo.

Pero don Ernesto extendió la mano, encontró la suya y la apretó con una ternura que la desarmó.

—Pasa. Ya puse la mesa. Hice café de olla, aunque dicen que me queda horrible.

Ese primer domingo duró 4 horas.

Don Ernesto le habló de su esposa Mercedes, de los años en el cuartel, de una patrulla descompuesta en Sonora, de cómo aprendió a bailar danzón para conquistar a la mujer que amó 52 años.

Cada vez que mencionaba a Mercedes, su voz se volvía más joven.

—Tu abuela decía que yo era un burro con uniforme —rió—. Y tenía razón.

Valeria sonrió de verdad por primera vez en semanas.

Al irse, Cecilia la esperaba afuera, dentro de su camioneta.

—¿Cómo te fue?

Valeria miró hacia la casa.

—Él es muy bueno.

Cecilia asintió, pero no respondió.

Los domingos se repitieron.

Y lo que empezó como un trabajo comenzó a doler.

Porque don Ernesto recordaba todo lo que Valeria decía. Sus exámenes. Los turnos de su mamá. El nombre de Mateo. Incluso que a ella le gustaban las conchas de vainilla y no las de chocolate.

Un domingo, mientras comían sopa de fideo, él preguntó:

—¿Y cómo va tu hermanito?

Valeria se quedó quieta.

No recordaba haberle contado tanto.

—Mal esta semana —admitió—. Pero no quiere que nos preocupemos.

Don Ernesto buscó su mano sobre la mesa.

—Los valientes también se cansan, mi niña. No lo dejes cargar todo solo.

Valeria tuvo que mirar hacia otro lado para no llorar.

El engaño dejó de sentirse como actuación y empezó a sentirse como castigo.

Hasta que una tarde, al salir de la casa, escuchó voces fuertes desde el comedor. Cecilia discutía con dos familiares de don Ernesto.

—¿Todavía le estás pagando a esa muchacha? —dijo un hombre—. Papá está viejo, no tonto.

—Baja la voz, Ignacio.

—No. Esa niña no es familia. Es una empleada disfrazada de nieta.

Valeria se quedó paralizada en el pasillo.

Entonces escuchó a otra mujer decir:

—Pues que aproveche el viejo mientras pueda. En cuanto se muera, esa muchachita desaparece y nosotros arreglamos lo de la casa.

Valeria sintió un frío brutal en el estómago.

Pero lo peor vino después.

Don Ernesto apareció en la puerta del comedor, apoyado en su bastón, con la cara pálida.

—¿Qué dijeron de la casa?

Nadie respondió.

Y Valeria entendió, horrorizada, que él había escuchado todo.