Lo llamaron a urgencias por un parto de alto riesgo. Al llegar, la paciente resultó ser su exnovia. - lbsuong

Lo llamaron a urgencias por un parto de alto riesgo. Al llegar, la paciente resultó ser su exnovia.

May be an image of hospital

Beatriz Viana, 35 años, llevaba meses escondiendo dos cosas: su embarazo y su miedo. Lo hacía con una disciplina feroz, como si el silencio fuera un muro capaz de mantener lejos a todos los que podían herirla. Sobre todo a Ricardo Castañeda.

En el baño de su cabaña, el espejo empañado devolvía una versión de sí misma que apenas reconocía: el rostro más delgado, los ojos más hondos, el vientre enorme que se movía con pataditas insistentes. Beatriz apoyó ambas manos sobre la barriga y sintió al bebé girar como si reclamara espacio en el mundo.

—Vas a nacer pronto, mi amor —susurró, tragándose el nudo de la garganta—. Y vas a conocer solo el amor de tu mamá. Eso va a ser suficiente.

Pero en su cabeza la pregunta era una mosca insistente: ¿de verdad sería suficiente?

Beatriz había levantado su empresa desde cero. Sin herencias, sin apellidos influyentes, sin padrinos. Había ganado contratos, sobrevivido a quiebras ajenas, enfrentado “no” que a otros los rompían. Aun así, nada la preparó para una gestación de alto riesgo llevada en secreto, lejos de todo hospital grande, lejos de cualquier mirada.

Su relación con Ricardo terminó de la peor manera: en una sala elegante, bajo la sombra de la madre de él, Eleonora Castañeda, mujer de sonrisa fina y palabras venenosas.

—Mujeres como tú siempre aparecen, querida —había dicho Eleonora, sin disimulo—. No serás la primera ni la última que intenta aprovecharse de mi hijo.

Aprovecharse. El insulto le quemó más que cualquier rechazo. Beatriz no necesitaba el dinero de nadie. Pero Ricardo… Ricardo no la defendió. No alzó la voz. No frenó a su madre. Solo guardó silencio, como si el amor fuera algo que se negociaba con la obediencia.

—Si así me ves, Ricardo… entonces no me necesitas en tu vida —dijo Beatriz aquella noche, con la voz firme y el corazón hecho añicos.

Él no la siguió.

Dos semanas después, el test de embarazo le salió positivo.

Beatriz se encerró en la cabaña que había comprado como refugio y que se convirtió en prisión. Sus consultas eran discretas, con un médico de una ciudad vecina, el doctor Salazar, que le repetía siempre lo mismo:

—Placenta previa. Presión alta. No puedes estar lejos de un quirófano, Beatriz. Cualquier complicación… es cuestión de minutos.

Pero ella, obstinada, elegía la soledad antes que la humillación. Imaginaba titulares de revista: “Empresaria embarazada del doctor Castañeda, abandonada.” Imaginaba los susurros: “¿Ves? Sí era una interesada.” Y la voz de Eleonora, como cuchillo.

Su asistente, Clara, era la única que conocía la verdad.

—Señora, tiene que descansar —insistía todos los días, mirándola con esa mezcla de cariño y pánico.

—¿Y cómo descanso si cada patada me recuerda todo lo que perdí? —respondía Beatriz sin querer sonar dura.

Ya hasta le había puesto nombre al bebé: Arturo. Un nombre fuerte para un niño que, según ella, iba a necesitar fuerza desde la primera respiración.

Mientras tanto, Ricardo Castañeda se encerraba en su oficina dentro de la mansión familiar, con un vaso de whisky que no le sabía a nada. Habían pasado meses desde que Beatriz desapareció y el vacío seguía allí, asfixiante.

—¿Por qué no vas a buscarla? —le preguntó su hermano Marcelo una tarde—. La amas, Ricardo. Es obvio.

Ricardo soltó una risa amarga.

—Mi mamá tenía razón… quizá ella solo quería entrar a la familia.

Pero la frase le sonó falsa incluso a él. Beatriz nunca mostró interés en su apellido, ni en su casa, ni en sus contactos. Brillaba sola. Y él lo sabía.

Entonces la pregunta que lo perseguía lo mordió otra vez: ¿por qué no la defendí?

La respuesta era vergonzosa: miedo. Miedo a enfrentarse a Eleonora. Miedo a romper el molde de “hijo perfecto”. Miedo a admitir que su madre estaba equivocada y su corazón, no.

Ricardo intentó encontrarla después, cuando por fin le ganó la razón al orgullo. Pero Beatriz se esfumó: su empresa quedó en manos de directivos, su celular apagado, su departamento vacío. Como si hubiera decidido borrarlo de su vida con una precisión quirúrgica.

Mejor así, se decía. Ella merece a alguien mejor.

Y sin embargo, por las noches, soñaba con la risa de Beatriz y despertaba sintiendo que había perdido algo que ningún dinero podía comprar.

La madrugada en que todo estalló, el aire era pesado y caliente. Beatriz caminaba por el pasillo de la cabaña, una mano en la espalda, la otra en el vientre. Las falsas contracciones de semanas anteriores habían sido un aviso; esa noche la sensación era distinta: aguda, cruel, como si algo se rompiera por dentro.

—Clara… —alcanzó a decir, pero el dolor la dobló.

Sintió un calor corriendo por sus piernas. Bajó la mirada. Sangre. Mucha sangre.

—No… no… Arturo, no… —balbuceó, temblando.

Clara apareció corriendo con el teléfono en la mano. Se quedó pálida.

—¡Dios mío! ¡Voy a llamar a una ambulancia!

Beatriz trató de respirar, de sostenerse en la pared, pero el mundo empezó a volverse gris.

—Aguanta, mi hijo… —susurró con la última fuerza—. Mamá no te va a perder.

Luego cayó.