Patricia miró el teléfono y luego a mí.
—Creo que debería responder.
Ricardo negó con la cabeza.
Pero yo tomé mi celular y marqué el número que había copiado de los correos.
Camila contestó al tercer tono.
—¿Ricardo? ¿Ya resolviste lo de la tarjeta? El administrador dice que si no pagamos hoy, pierde el contrato. Y acuérdate que tu mamá viene mañana para ver el cuarto del bebé.
Mi sangre se detuvo.
¿Su mamá?
Mi suegra, Teresa, la misma mujer que me llamaba “hija” en Navidad, ya sabía.
Ricardo cerró los ojos.
Demasiado tarde.
—Camila —dije—, habla Mariana.
Del otro lado hubo un silencio largo.
Luego un susurro.
—Ay, Dios.
Colgué.
Ricardo intentó acercarse.
—Mariana, mi mamá no tenía nada que ver.
—No me toques.
En ese momento, alguien volvió a tocar la puerta.
Tres golpes secos.
Abrí.
Era Teresa.
Venía con collar de perlas, bolsa de diseñador y una expresión de indignación ensayada.
—Mariana, basta con este teatro —dijo entrando sin permiso—. Un hombre como Ricardo no puede perderlo todo por un berrinche tuyo.
Patricia se cruzó de brazos.
—Señora, está entrando a una propiedad privada.
Teresa la ignoró.
—Ese dinero debe regresar. Mi hijo tiene responsabilidades.
La miré fijamente.
—¿Con Camila?
Teresa no se inmutó.
—Con su hijo.
El mundo se inclinó un poco.
No dijo “el bebé”.
Dijo “su hijo”.
Como si ya lo hubiera aceptado.
Como si ya hubiera elegido familia antes de que yo supiera que me estaban traicionando.Familia
—¿Desde cuándo lo sabe? —pregunté.
Teresa acomodó su bolsa sobre el sillón.
—Desde hace meses. Y francamente, Mariana, tú debiste imaginarlo. Ricardo siempre quiso ser padre. Tú estabas demasiado ocupada con tus proyectos, tus cursos, tus cuentas.
Sentí ganas de gritarle que yo había postergado tratamientos, viajes y trabajos por apoyar la carrera de su hijo.
Pero no lo hice.
Porque en ese instante Patricia sacó una hoja distinta.
—Señora Teresa —dijo—, qué bueno que vino. También tenemos transferencias hechas desde la cuenta conjunta a una cuenta a su nombre.
Teresa palideció.
Ricardo giró hacia ella.
—¿Qué?
Patricia deslizó la hoja sobre la mesa.
—780,000 pesos enviados en 5 meses bajo el concepto “apoyo familiar”. Después, ese dinero fue usado para pagar el anticipo de una propiedad en Cuernavaca.
Yo no sabía eso.
Hasta ese momento, yo tampoco lo sabía.
Ricardo miró a su madre con furia.
—¿Usaste ese dinero?
Teresa abrió la boca, pero no dijo nada.
Y ahí entendí el verdadero tamaño de la traición.
No era solo mi esposo construyendo una vida con otra mujer.
Era una familia entera repartiéndose lo que mis padres me habían dejado.
Entonces Patricia recibió un mensaje en su celular.
Lo leyó.
Levantó la vista.
—Mariana, acaba de llegar algo del banco.
—¿Qué?
Ella respiró hondo.
—Intentaron hacer una transferencia adicional esta mañana por 250,000 dólares.
Miré a Ricardo.
Él negó con la cabeza.
Luego miré a Teresa.