—Más segura que nunca.
Años antes, él me había obligado a dejar preparada una cuenta personal, solo a mi nombre, por si algún día algo salía mal. En aquel entonces me pareció exagerado.
Ese día fue mi salvación.
Firmé 4 documentos.
Confirmé 2 claves.
Y en menos de 20 minutos, los 720,000 dólares desaparecieron de la cuenta conjunta.
Saldo: cero.
Luego llamé a mi abogada.
—Licenciada Herrera —dije—, presente la demanda de divorcio hoy mismo.
—¿Al domicilio de Toronto?
Miré la copia del contrato del departamento.
—No. Mándela a Polanco.
Dos horas después, mientras yo estaba en la cocina guardando una taza que Ricardo me había regalado en nuestro aniversario, sonó mi celular.
Era él.
Contesté.
—¿Qué hiciste con el dinero? —su voz temblaba.
No sonaba como un hombre preocupado.
Sonaba como un ladrón descubierto.
—Lo moví.
—¡Ese dinero era de los 2!
—No, Ricardo. Ese dinero era de mis papás.
Hubo silencio.
Luego escuché su respiración acelerada.
—Mariana, escúchame. No entiendes. Yo iba a explicarte todo.
—¿Toronto también me lo ibas a explicar? ¿O Camila? ¿O el bebé?
La línea quedó muda.
Entonces soltó la primera mentira desesperada:
—No es lo que parece.
Casi me reí.
Pero antes de colgar, escuché una voz de mujer al fondo.
—¿Qué pasó, amor? ¿Ya pagaste el anticipo?Romance
Y en ese segundo entendí que Ricardo no estaba en ningún avión rumbo a Canadá.
Estaba en la puerta de su nueva vida.
Solo que acababa de quedarse sin dinero para entrar.
Ricardo llegó a la casa esa misma noche.
No a Toronto.
No a una junta internacional.
A nuestra casa en la colonia Del Valle, golpeando la puerta como si todavía pudiera exigir algo.
—¡Mariana, abre! ¡Tenemos que hablar!
Yo estaba sentada en la sala con mi abogada, la licenciada Patricia Herrera, y 2 cajas de documentos sobre la mesa.
Cuando abrí, él entró con la cara desencajada.
Venía con la misma maleta negra que había llevado al aeropuerto. La camisa arrugada. El cabello desordenado. El hombre impecable que me había mentido durante meses se veía por primera vez barato.
—¿Qué es esto? —dijo, levantando unos papeles—. ¿Divorcio?
—Sí.
—¿Estás loca?
Patricia se puso de pie.
—Cuidado con cómo le habla a mi clienta.
Ricardo la miró como si apenas notara que yo ya no estaba sola.
—Mariana, dile a esta señora que se vaya. Esto es un asunto de pareja.
—No —respondí—. Esto es un asunto legal.
Él se rió con rabia.
—¿Legal? ¿Quieres hablar de legalidad después de vaciar una cuenta conjunta?
Patricia abrió la primera carpeta.
—Cuenta conjunta alimentada casi exclusivamente por herencia comprobable de la señora Mariana Salcedo. Tenemos actas, testamento, estados bancarios y movimientos previos al matrimonio.
El rostro de Ricardo cambió.
No mucho.
Lo suficiente.
—Yo también aporté —murmuró.
—Aportó 38,000 pesos en 8 años —dijo Patricia—. Y retiró casi 3 millones para gastos relacionados con otra mujer.
Ricardo apretó la mandíbula.
—No tienes derecho a revisar mi vida privada.
Yo abrí la segunda carpeta.
Ahí estaban los correos impresos.
El contrato del departamento.
Las transferencias.
Las facturas de muebles.
Y la foto del ultrasonido.
Ricardo bajó la mirada.
Por primera vez, no tuvo frase lista.
—Mariana… —dijo más suave—. Me equivoqué. Pero Camila no significa lo que tú crees.
—Está embarazada.
—Fue un accidente.
Sentí algo frío en el pecho, pero ya no era dolor. Era asco.
—¿El departamento también fue accidente?
Él no contestó.
Entonces su celular sonó.
En la pantalla apareció: Camila.
No contestó.
Volvió a sonar.