
PARTE 1
—¿Y el dinero que Diego prometió para la fiesta de tu hermana? —fue lo primero que me dijo mi mamá, apenas salí del entierro de mi esposo.
Yo todavía tenía tierra húmeda pegada en los zapatos. El ataúd de Diego acababa de desaparecer bajo un cielo gris, de esos que parecen aplastarte el pecho. En el panteón solo quedaban el sacerdote, dos compañeros de su trabajo y yo, parada como si me hubieran arrancado la vida de golpe.
Mi familia no estaba.
Ni mi mamá, doña Elena. Ni mi papá. Ni mi hermana Paulina. Ni mis tíos, ni mis primas, ni esa gente que siempre repetía que “la familia es lo primero”. Todos habían prometido acompañarme. Todos sabían la hora del entierro.

Pero mientras yo enterraba al hombre que más me había amado, ellos estaban en la fiesta de cumpleaños de Paulina, en un salón de eventos en Zapopan, con música norteña, globos dorados y brindis para las fotos.
Lo supe porque mi celular empezó a vibrar en mi bolsa. No quería verlo, pero lo hice. Ahí estaban las historias de Instagram: Paulina con vestido verde esmeralda, mi mamá levantando una copa, mi papá sonriendo junto al pastel enorme que decía: “Reina por siempre”.
Sentí náuseas.
En una foto, mi mamá escribió: “Celebrando la vida con los que siempre están”.
Los que siempre están.
Cerré el celular con las manos temblando. No lloré más. Algo dentro de mí se congeló.
Cuando llegué al coche, vi veintitrés llamadas perdidas de mi mamá. Pensé, por un segundo, que tal vez se había arrepentido. Que iba a decirme: “Perdóname, hija, no sé cómo pude fallarte así”.
Le regresé la llamada.
Contestó al primer tono.
—Mariana, por fin. Necesito hablar contigo urgente. La fiesta está siendo un desastre.
No dije nada.
—Tu hermana está furiosa. Diego había dicho que iba a ayudar con una parte del salón y todavía falta pagar. Necesito que me transfieras ahorita.
Me quedé mirando el parabrisas empañado.
—Mamá… acabo de salir del entierro de mi esposo.
—Sí, hija, ya sé, qué pena, pero ahorita no podemos quedar mal con la gente. Tu hermana invitó a medio mundo. Diego prometió ayudar y una promesa es una promesa.
Ahí entendí que no me habían olvidado. Me habían elegido no importar.
Colgué.
Bloqueé su número.
Y mientras el coche seguía estacionado frente al panteón, con mi vestido negro oliendo a lluvia y flores marchitas, juré que esa sería la última vez que mi familia usaría mi dolor para cobrar algo.
Pero todavía no sabía que Diego me había dejado una última sorpresa… y que esa sorpresa iba a destruir la máscara perfecta de todos ellos.