PARTE 2
Los días siguientes fueron una mezcla de silencio, papeles y recuerdos. La casa olía a café frío y a la loción de Diego. Cada rincón me golpeaba: su taza favorita, sus tenis junto a la puerta, la chamarra que había usado la última vez que salimos por tacos.
Yo caminaba como fantasma, hasta que encontré un sobre dentro del cajón de su escritorio.
Era una póliza de seguro de vida.
Sabía que Diego había contratado una, pero nunca imaginé la cantidad. Cuando vi los números, tuve que sentarme. Era suficiente para pagar deudas, vivir tranquila y empezar de nuevo sin pedirle nada a nadie.
Lloré, pero no por el dinero. Lloré porque incluso después de morir, Diego seguía cuidándome.
La paz duró poco.
Como mi mamá estaba bloqueada, Paulina empezó a escribirme desde todos lados.
“¿Te vas a hacer la víctima ahora?”
“Diego prometió pagar. No seas miserable.”
“Arruinaste mi cumpleaños con tu drama.”
Y el mensaje que más me partió:
“Diego estaría avergonzado de ti.”
Miré una foto de él en la sala. Diego sonreía con esa cara noble que me enamoró desde el primer día. No. Él no estaría avergonzado de mí. Él estaría horrorizado con ellas.
Esa noche, mientras leía los mensajes de Paulina, algo se acomodó dentro de mi cabeza. Ellas querían dinero. Querían público. Querían quedar bien frente a la familia.
Entonces les daría exactamente eso: un escenario.
Busqué a la mejor organizadora de eventos que encontré. Se llamaba Verónica y entendió todo sin hacer demasiadas preguntas.
—Quiero una ceremonia para honrar a mi esposo —le dije—. Elegante, íntima, pero con mucha gente. Amigos, vecinos, compañeros de trabajo, familiares cercanos y lejanos. Todos.
—¿También su mamá y su hermana? —preguntó.
Respiré hondo.
—Sobre todo ellas.
Mandé imprimir invitaciones en papel grueso color marfil. Decían: “Celebrando la vida de Diego Robles, un hombre inolvidable”.
Dos días después, recibí una llamada de un número desconocido.
Era mi mamá.
—Hijita —dijo con voz dulce, falsa como flor de plástico—. Nos llegó la invitación. Qué bonito detalle. Tu hermana y yo estamos muy orgullosas de que por fin estés honrando a Diego como se debe.
Me mordí la lengua.
—Las esperamos —respondí.
—Claro que iremos. La familia debe estar unida en estos momentos.
Casi me reí.
Ella no veía una ceremonia. Veía una oportunidad para actuar como madre ejemplar frente a todos. Paulina veía fotos, contactos, apariencias. Tal vez pensaban presionarme ahí mismo por el dinero.
Lo que no sabían era que yo también tenía preparada una sorpresa.
El día del homenaje, el salón estaba lleno de lirios blancos, las flores favoritas de Diego. Había música suave, velas y una pantalla enorme con fotos de nuestra vida juntos: Diego cocinando chilaquiles, Diego bailando conmigo en la cocina, Diego cargando a nuestro perrito como si fuera un bebé.
La gente lloraba de verdad.
Entonces entraron ellas.
Paulina llegó con vestido rojo, tacones brillantes y maquillaje de fiesta. Mi mamá saludaba a todos como si fuera la viuda. Me abrazó enfrente de varias tías.
—Todo quedó precioso, hija —susurró—. Después hablamos de lo pendiente.
Lo pendiente.
Sentí que el corazón me latía fuerte, pero no de miedo.
Cuando terminó el video, Verónica me hizo una seña. Subí al pequeño escenario, tomé el micrófono y miré a la sala llena.
Mi mamá sonreía desde la primera mesa.
Paulina revisaba su celular.
Ninguna de las dos imaginaba que en unos segundos todos iban a saber la verdad.