Parte 1

—Si tanto te molesta que Lucía duerma entre nosotros, entonces el problema eres tú —le soltó Raúl a Mariana la noche 17.
Mariana se quedó sentada en la orilla de la cama, con el camisón arrugado entre los dedos y una rabia muda atorada en la garganta.
Lucía, la esposa de su hermano menor, llevaba más de 2 semanas haciendo lo mismo.
A medianoche subía al tercer piso de la casa familiar en Puebla, tocaba apenas la puerta del cuarto matrimonial y entraba cargando una almohada y una cobija.
No pedía dormir en el sillón.
No pedía un colchón en el piso.
Se metía en la cama, justo en medio de Mariana y Raúl.
La primera noche, Mariana pensó que era una rareza de recién casada. La segunda, intentó ser paciente. La tercera, ya no pudo dormir. Y para la quinta, los murmullos de las vecinas comenzaron a cruzar la barda como si fueran humo.
—¿Por qué siempre en medio? —le preguntó Mariana una madrugada.
Lucía bajó la mirada. Tenía 26 años, el cabello negro trenzado y unas ojeras que no combinaban con su carácter silencioso.
—En mi pueblo, cuando una mujer llega a vivir con la familia de su esposo, duerme cerca de otra mujer para que no le dé miedo —dijo—. En medio hace menos frío.
Sonaba extraño, pero no imposible.
Lucía venía de una comunidad cerca de la Sierra Norte. Era callada, servicial, demasiado correcta. Se levantaba antes que todos, barría el patio, hacía café de olla para doña Carmen, lavaba trastes sin que nadie se lo pidiera y jamás respondía mal.
De día parecía una bendición.
De noche, una sombra.
Mariana empezó a sentirse humillada en su propia cama. Peor aún, Raúl parecía tranquilo.
—Déjala, Mariana —decía él—. No seas dura. La muchacha está asustada.
Eso la lastimaba más.
Porque no era solo el espacio. Era la forma en que Lucía se acomodaba entre ellos, rígida, despierta, mirando hacia la puerta como si estuviera esperando algo.
Tomás, el hermano de Mariana, no notaba nada. Trabajaba turnos dobles en una refaccionaria y llegaba tan cansado que apenas cenaba antes de quedarse dormido en el cuarto del segundo piso. Amaba a Lucía con esa confianza limpia de quien todavía cree que la familia siempre protege.
Mariana, en cambio, empezó a odiar las noches.
Hasta que ocurrió el primer sonido.
Click.
Abrió los ojos de golpe.
La habitación estaba oscura. Raúl dormía a su derecha, respirando lento. Lucía estaba entre ambos, quieta como una estatua.
Entonces una línea delgada de luz apareció debajo de la puerta.
No era luz del pasillo.
Era una luz blanca, fina, moviéndose despacio, subiendo por el piso hasta la pared, como si alguien estuviera apuntando con un celular desde afuera.
Mariana quiso incorporarse.
Lucía le tomó la mano debajo de la cobija.
No la apretó con fuerza. Solo lo suficiente para decirle sin palabras:
No te muevas.
Mariana sintió que la sangre se le helaba.
La línea de luz avanzó hacia la cabecera.
Luego se escuchó otro sonido.
Tac.
Un golpecito suave contra la madera.
Lucía levantó apenas la cabeza y se acomodó unos centímetros más arriba. Su rostro bloqueó por completo la luz.
Pasaron 3 segundos.
La luz desapareció.
Después, un crujido mínimo en el pasillo.
Alguien se alejaba.
Mariana quedó paralizada. Miró a Raúl. Seguía dormido, demasiado tranquilo.
Lucía soltó su mano lentamente, pero no dijo nada. Solo volvió a acostarse mirando hacia la puerta.
En ese instante, Mariana entendió que la historia que había creído durante 17 noches era falsa.
Lucía no dormía entre ella y su marido por miedo a la oscuridad.
Lucía estaba usando el cuerpo de Mariana como escudo.
Y lo peor era que alguien en esa casa sabía exactamente por qué…