
PARTE 1
—¡No deje que mi hija se muera, doctora… se lo suplico!
La puerta automática de Urgencias del Hospital Infantil de la Ciudad de México se abrió de golpe con un estruendo, y la lluvia de aquella noche entró mezclada con el olor a asfalto mojado, miedo y desesperación.
La doctora Valeria Herrera levantó la vista del expediente que estaba revisando. Llevaba doce horas de guardia, los pies hinchados, la espalda ardiéndole y una mano escondida bajo la bata, protegiendo instintivamente su vientre de siete meses.
Entonces lo vio.
Diego Salazar entró cargando en brazos a una niña de unos seis años, empapada, pálida, con sangre en la frente y los ojos medio cerrados.
El hombre que seis meses atrás le había roto el corazón.
El mismo que una noche, en su departamento de la colonia Narvarte, le dijo que no estaba listo para una relación seria. El mismo que desapareció entre juntas, viajes a Monterrey y llamadas que nunca devolvió.
Valeria sintió que el aire se le atoraba en el pecho, pero no se permitió temblar.
—Camilla tres, ahora —ordenó.
La niña fue colocada con cuidado. Una enfermera empezó a tomar signos vitales.
—Femenina, seis años, caída en juegos infantiles, golpe en cabeza, confusión y náusea —informó rápidamente.
Valeria se acercó con la lámpara de exploración.
—Hola, preciosa. Soy la doctora Herrera. ¿Cómo te llamas?
La niña parpadeó con esfuerzo.
—Sofía.
—Muy bien, Sofía. ¿Recuerdas qué pasó?
—Me caí del resbaladero… mi papá gritó muy fuerte.
Diego estaba a un lado de la camilla, con el cabello pegado a la frente y el rostro destruido por el pánico.
—Por favor, Valeria…
Ella no lo miró.
—Aquí soy la doctora Herrera. Y necesito espacio para revisar a su hija.
Diego obedeció de inmediato. Pero cuando sus ojos se posaron en ella por completo, la reconoció.
Y luego bajó la mirada.
Al vientre.
Su rostro perdió color.
—Valeria…
—No ahora —dijo ella en voz baja, escuchando el corazón de Sofía.
La niña, medio adormilada, señaló con un dedito tembloroso la panza de Valeria.
—¿Tú también tienes una bebé ahí?
Valeria intentó sonreír.
—Sí, corazón.
Sofía la miró con una inocencia que partía el alma.
—Yo siempre quise una hermanita… le enseñaría mis muñecas.
El silencio cayó sobre la sala como una losa.
Diego quedó inmóvil.
Porque sabía contar.
Siete meses de embarazo.
Seis meses desde que abandonó a Valeria sin explicación.
Seis meses desde que decidió que era más fácil huir que amar.
Valeria bajó la mirada y siguió trabajando, fingiendo una calma que ya no sentía. Afuera seguía lloviendo. Adentro, los monitores sonaban, las enfermeras corrían y Diego no podía apartar los ojos de aquel vientre.
Cuando Sofía fue llevada a tomografía, él intentó acercarse.
—¿Es mío?
Valeria apretó el expediente contra su pecho.
—Tu hija está esperando resultados. Ese es el único tema de esta noche.
—Valeria, por favor…
Ella lo miró por primera vez, con los ojos llenos de algo peor que rabia: decepción.
—Hace seis meses también te pedí que hablaras. Y te fuiste.
Antes de que él pudiera responder, una mujer elegante salió del elevador, desesperada.
—¡Diego! ¿Dónde está Sofía?
Era Mariana, la madre de la niña.
Pero al ver a Valeria, luego su embarazo, luego la cara destrozada de Diego, entendió demasiado rápido.
—Así que ella es la doctora por la que lloraste anoche —murmuró.
Valeria sintió que todos los pasillos del hospital se detenían sobre ella.
Y nadie podía creer lo que estaba a punto de ocurrir…