PARTE 2
Mariana no gritó. Eso hizo todo más incómodo.
Entró al cubículo de Sofía, le besó la frente, preguntó por los resultados, habló con las enfermeras y agradeció con una educación tan perfecta que parecía más peligrosa que una escena de celos.
Diego, en cambio, parecía un hombre desarmado.
La tomografía confirmó que Sofía tenía una lesión leve. Necesitaba observación, reposo e hidratación, pero estaba fuera de peligro. Aun así, Diego no se movía de su lado.
Valeria firmó las indicaciones cerca de la una de la mañana y salió al pasillo buscando respirar. No alcanzó a llegar a la máquina de café cuando Diego apareció.
—Necesito saberlo.
—No necesitas nada de mí esta noche.
—Valeria, si esa bebé es mía…
Ella soltó una risa triste.
—¿Ahora sí te importa la palabra “familia”?
Diego bajó la cabeza.
—Fui un cobarde.
—No. Cobarde es quien tiene miedo y aun así se queda. Tú simplemente desapareciste.
La frase lo golpeó.
—Mi papá se fue cuando yo tenía nueve años —dijo él de pronto—. Mi mamá me enseñó que depender de alguien era una debilidad. Cuando empecé a quererte de verdad, me asusté.
Valeria tragó saliva. Durante meses había imaginado explicaciones, pero ninguna le quitaba el dolor de haber vomitado sola, llorado sola, ido a consultas sola.
—Tu miedo no cargó esta panza —susurró—. Yo sí.
Diego no respondió.
Desde la puerta, Mariana escuchó lo suficiente. Se acercó sin dramatismo, con los brazos cruzados.
—Diego, Sofía quiere verte. Y tú —miró a Valeria— no tienes por qué explicarme nada. Nuestro matrimonio se terminó hace dos años por la misma razón por la que él te perdió: nunca sabe quedarse donde lo necesitan.
Valeria se quedó helada.
Mariana suspiró.
—No lo defiendo. Pero Sofía lo ama. Y si esa niña que llevas ahí es suya, merece algo mejor que adultos huyendo.
A la mañana siguiente, Sofía despertó con mejor color. Pidió ver a “la doctora de la bebé”. Valeria aceptó, aunque no sabía si podría soportar otra pregunta.
Sofía sacó de su mochila una pulserita de cuentas rosas.
—Es para tu bebé. Mi abuelita dice que los bebés escuchan cuando uno los quiere.
Valeria sintió que se le quebraba la garganta.
—Gracias, Sofi.
La calma duró poco.
Por la tarde llegó Rebeca Salazar, madre de Diego. Entró con abrigo caro, lentes oscuros y una mirada acostumbrada a mandar. Al ver a Valeria junto a su hijo, con una mano sobre el vientre, su gesto se endureció.
—Conque esta es la situación que trae a mi familia en boca de todos.
Diego se puso de pie.
—Mamá, no empieces.
—Una mujer decente no oculta un embarazo a la familia del padre.
Valeria sintió calor en la cara, pero no bajó la mirada.
—No lo oculté. Lo sobreviví.
Rebeca apretó los labios.
—Ese bebé puede complicar la vida de Sofía.
Entonces Sofía apareció en la puerta, con los ojos llenos de lágrimas.
—¿La bebé va a quitarme a mi papá?
Valeria se agachó con dificultad y abrió los brazos. Sofía corrió hacia ella.
—No, mi amor. El amor no se acaba porque llegue alguien más. No es como repartir un pastel.
Diego miró la escena con los ojos rojos.
Y justo cuando parecía que algo dentro de él por fin se rompía para bien, Valeria sintió un dolor brutal atravesarle el abdomen.
Se llevó una mano al vientre.
Luego vio sangre.
Y el grito de la enfermera hizo que todos entendieran que la verdad ya no podía esperar.