
PARTE 1
—Ese viejo no es tu vecino, Santiago… es un peligro para esta familia, y si te veo hablándole, te vas a arrepentir.
Eso fue lo primero que recordé cuando vi bajar el ataúd de don Ernesto Salazar en el panteón de Dolores, una mañana gris de octubre en la Ciudad de México. Lloviznaba quedito, como si el cielo no tuviera fuerzas para llorar de verdad. No había flores, salvo dos arreglos baratos que la funeraria puso por compromiso. No había música, ni misa grande, ni familia rodeando la tumba.
Solo estábamos el padre, dos sepultureros, una vecina anciana que apenas podía sostener su paraguas… y yo.
Yo, Santiago Rivas, profesor de historia en una preparatoria de Coyoacán, cuarenta años, divorciado y sin hijos. Yo, el hombre que durante toda su vida creyó que don Ernesto era un extraño amargado que vivía junto a la casa de mis padres. Yo, el único que fue a despedirlo.
No lloré al principio. No sabía si tenía derecho.
Don Ernesto había vivido al lado de mis padres desde antes de que yo naciera. Su casa era pequeña, con paredes color crema, macetas de barro en la entrada y una bugambilia que trepaba por la fachada como si se negara a morir. Siempre estaba solo. Siempre amable. Siempre mirando desde lejos.
Y mis padres lo odiaban.
Mi papá, Ricardo Rivas, cruzaba la calle con tal de no saludarlo. Mi mamá, Patricia, cerraba las cortinas cada vez que lo veía salir por el pan. Levantaron una barda altísima entre las dos casas, una pared absurda que partió el patio como si detrás viviera un criminal.
Cuando yo preguntaba qué había hecho, mi mamá se ponía pálida.
—Hay cosas que un niño no debe saber —me decía—. Solo entiende esto: nunca te acerques a ese hombre.
Pero un día, cuando tenía siete años, mi pelota cayó del otro lado de la barda. Había un huequito cerca del suelo, apenas lo bastante grande para mirar. Me arrodillé y ahí lo vi: don Ernesto sentado en una silla de plástico, leyendo un libro viejo, con un suéter café y una taza de café de olla a su lado.
No parecía peligroso. Parecía triste.
Él levantó la vista y sonrió.
—¿Se te fue la pelota, muchacho?
Asentí, muerto de miedo.
Don Ernesto se levantó despacio, recogió la pelota y la rodó por el hueco.
—Aquí está. Cuídala, Santiago. Las cosas que uno ama no se reemplazan fácil.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Sus ojos se humedecieron apenas.
—Te he visto crecer desde este lado.
Desde ese día, el hueco en la barda se volvió nuestro secreto. Yo iba cuando mis padres discutían, cuando se olvidaban de mí, cuando la casa se sentía fría aunque hiciera calor. Don Ernesto me preguntaba por la escuela, por mis libros, por mis sueños. Me regaló un trompo de madera, cuentos usados, dulces de tamarindo y, una vez, un pajarito tallado con sus propias manos.
—Para que recuerdes que hasta detrás de una barda puede haber alguien cuidándote —me dijo.
Durante años fue el único adulto que me escuchó de verdad.
Cuando cumplí dieciséis y pude salir solo, toqué por primera vez su puerta. Me recibió nervioso, mirando hacia la casa de mis padres.
—No deberías estar aquí.
—Ya estoy harto de esconderme —le dije—. Dígame la verdad. ¿Por qué mis papás lo odian tanto?
Su rostro cambió. Dejó la taza sobre la mesa, como si le pesara en la mano.
—Hay verdades que no me pertenecen, Santiago.
—Pero me afectan a mí.
Don Ernesto cerró los ojos.
—Algún día lo vas a entender. Solo quiero que sepas algo: nunca hice nada para lastimarte. Todo lo que hice fue porque te quiero.
Me enojé.
—¿Quererme? Usted solo es el vecino.
Él me miró como si esas palabras le rompieran algo por dentro.
—Ojalá fuera tan sencillo.
Años después me fui a la universidad, me casé, me divorcié y volví a vivir cerca. Don Ernesto envejeció. Caminaba menos, olvidaba nombres, repetía historias. Pero nunca quiso irse de esa casa.
—Tengo que quedarme aquí —decía—. Mientras tú estés cerca, yo también.
La última vez que lo vi con vida fue en el hospital. Estaba flaco, con los labios secos y los ojos hundidos.
—Debí decírtelo antes —susurró.
—¿Decirme qué?
No respondió. Se quedó dormido.
Y se murió dos días después.
Cuando terminó el entierro, un abogado joven se acercó con un portafolio empapado.
—¿Santiago Rivas?
—Sí.
—Soy el licenciado Camarena. Fui abogado de don Ernesto. Me pidió entregarle esto.
Me dio un sobre amarillo.
—¿Cómo sabía que yo vendría?
El abogado bajó la mirada hacia la tumba recién cubierta.
—Él dijo: “Santiago será el único que no me va a abandonar”.
Abrí el sobre en mi coche, con las manos temblando.
La carta empezaba así:
“Para mi nieto Santiago”.
Sentí que el mundo se me vino encima.
Don Ernesto no era mi vecino.
Era mi abuelo.
Y la carta decía que mi padre había cambiado de apellido, inventado una vida nueva y enterrado una verdad monstruosa durante más de cuarenta años.
Al final, don Ernesto escribió:
“En el desván está la caja marcada como LA VERDAD. Ahí sabrás quién fue tu padre… y por qué me tuvo tanto miedo”.
No podía creer lo que estaba por descubrir…