PARTE 1
—Señor, encontré a su hijo dentro de una bolsa de basura, junto al muro de su casa.
Eduardo Valdés abrió la puerta de su residencia en Lomas de Chapultepec dispuesto a correr a quien interrumpía su domingo. Pero al ver a la niña de siete años, empapada por la llovizna, con la ropa rota y un bulto que lloraba entre sus brazos, se quedó sin voz.
—No tengo hijos —respondió con frialdad—. Ni puedo tenerlos.
La niña apretó la bolsa negra contra su pecho.
—Entonces alguien quiso que usted creyera eso.
Se llamaba Sofía. Había encontrado al bebé dentro de una caja de cartón, protegido con una cobija azul, detrás de los contenedores de la mansión. Buscaba comida porque llevaba dos semanas durmiendo en una vecindad abandonada desde que su abuela Elena había sido hospitalizada.
Doña Carmen, el ama de llaves, hizo pasar a ambos y preparó chocolate caliente. Cuando desenvolvió al recién nacido, descubrió un sobre pegado a la cobija.
“Para Eduardo Valdés”.
Eduardo reconoció de inmediato la letra. La carta hablaba de unas muestras genéticas que él había congelado doce años atrás, antes de someterse a un tratamiento experimental. Mencionaba fechas, clínicas y una contraseña que solo tres personas conocían.
El bebé abrió los ojos. Eran de un azul grisáceo idéntico a los de Eduardo.
—Yo sabía que era suyo —dijo Sofía—. Se parecen cuando están enojados.
Antes de que Eduardo pudiera reaccionar, llegó Beatriz Salgado, trabajadora del DIF. Doña Carmen la había llamado por precaución. Beatriz explicó que el bebé debía ir a un albergue hasta confirmar su identidad y que Sofía tampoco podía quedarse sola.
La niña se aferró a la pierna de Eduardo.
—No se lo lleve. Cuando lo encontré estaba morado de frío. Le prometí que no volvería a dejarlo solo.
Algo se quebró dentro del empresario. Había pasado media vida protegiéndose de cualquier afecto, pero el miedo en los ojos de Sofía le recordó al niño que él mismo había sido.
—Los dos se quedan aquí —declaró—. Firmaré la custodia provisional y asumiré todos los gastos.
Beatriz lo miró con desconfianza, aunque terminó aceptando bajo supervisión. Sofía pidió llamar al bebé Mateo, como el hermanito que su madre había perdido antes de morir.
Horas después, Eduardo llevó a la niña a comprar ropa. En una tienda de juguetes se encontraron con la doctora Isabel Méndez, su exprometida y la especialista que había conservado sus muestras.
Cuando Sofía contó cómo había aparecido Mateo, Isabel palideció.
—Eduardo, necesito hablar contigo a solas.
—¿Qué sabes?
Isabel comenzó a llorar.
—Hace un año usé tu material genético sin autorización. Una paciente quería desesperadamente ser madre. Pensé que estaba haciendo algo bueno.
Eduardo sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
—¿Quién es ella?
Isabel tardó varios segundos en responder.
—Ana Lucía Serrano. Pero ella jamás quiso abandonar al bebé. Si Mateo apareció en tu basura, significa que alguien intentó matarlo.
Y justo entonces, el teléfono de Eduardo sonó. Era Beatriz.
—Señor Valdés, encontré a la abuela de Sofía. Trabajó en su casa hace treinta años… y asegura que su padre tuvo una hija con ella.
Eduardo miró a Sofía al otro lado de la tienda, abrazando un oso azul para Mateo.
La niña que acababa de rescatar a su posible hijo podía ser, en realidad, su propia sobrina.
Y lo que Elena estaba a punto de revelar convertiría aquella mansión en el escenario de una traición familiar imposible de perdonar.
PARTE 2