Esa noche, Eduardo visitó a Elena en un hospital público de la colonia Doctores. La mujer, consumida por una insuficiencia cardiaca, lo reconoció de inmediato.
—Joven Eduardo… todavía toma el chocolate sin canela, ¿verdad?
Él recordó de golpe a la cocinera que le guardaba galletas cuando volvía de la escuela. Su padre le había dicho que Elena robó dinero y huyó.
—Nunca robé nada —aclaró ella—. Su padre me echó cuando supo que estaba embarazada.
La hija de ambos se llamó Mariana. Creció sin conocer su apellido verdadero, se casó joven y murió en un accidente cuando Sofía tenía cuatro años. Durante décadas, el padre de Eduardo envió depósitos secretos para evitar un escándalo. Cuando falleció, el dinero dejó de llegar y Elena enfermó.
—Mariana era mi hermana —murmuró Eduardo, destrozado.
—Y Sofía llegó a esa casa porque yo le conté tantas veces el camino que terminó aprendiéndolo de memoria.
Elena le entregó la dirección de una caja escondida en su departamento. Dentro había fotografías, estados de cuenta y cartas. Una de ellas estaba escrita por la madre de Eduardo antes de morir: le suplicaba a su esposo que reconociera a Mariana y permitiera que los hermanos crecieran juntos.
El padre de Eduardo había preferido proteger el apellido Valdés.
Cuando volvió a la mansión, encontró a Sofía preparando un biberón.
—¿Mi abuela está muy mal? —preguntó.
Eduardo se arrodilló frente a ella.
—Tu mamá era mi hermana. Eso significa que soy tu tío de verdad.
Sofía lo abrazó con tanta fuerza que él terminó llorando.
—Sabía que mis piernas me habían traído a casa.
A la mañana siguiente, la prensa publicó la historia del “hijo secreto” y la “sobrina ilegítima”. Isabel había dado una entrevista para defenderse. El consejo de administración exigió que Eduardo negara cualquier parentesco para evitar una caída en las acciones.
Su abogado, Ricardo Torres, le advirtió:
—Tu padre construyó este imperio sobre la reputación familiar.
—Mi padre destruyó una familia para proteger su reputación —contestó Eduardo—. Yo no haré lo mismo.
En ese momento llamaron del hospital. Elena se estaba muriendo.
Sofía alcanzó a despedirse. Le mostró un dibujo donde aparecían ella, Eduardo, Mateo, doña Carmen y su abuela tomados de la mano.
—Ahora sí somos una familia completa —dijo.
Elena sonrió.
—Prométanme que nunca volverán a esconder a nadie por miedo al qué dirán.
Murió minutos después, con una mano entre las de Sofía y la otra entre las de Eduardo.
Al regresar a la mansión, encontraron a una joven esperando en la biblioteca. Tenía el rostro golpeado y la blusa manchada de sangre seca.
—Soy Ana Lucía, la madre de Mateo —dijo—. No lo abandoné. Lo llevé hasta el muro para salvarlo.
Eduardo exigió saber quién la había atacado.
Ana Lucía sacó un teléfono roto y reprodujo un audio. Primero se escuchó la voz de Isabel. Después, una voz masculina ordenó:
—El niño no puede llegar vivo a una prueba de ADN. Si se confirma que es un Valdés, todo lo que hicimos se viene abajo.
Eduardo reconoció al hombre.
Era Ricardo Torres, su abogado, su mejor amigo y la persona que acababa de entrar a la mansión con una carpeta para que él renunciara a la custodia.
Sofía, escondida detrás de la puerta, escuchó cada palabra.
Y cuando Ricardo apareció al final del pasillo, la niña señaló sus zapatos mojados y susurró:
—Tío Eduardo… son los mismos tenis que vi junto al bote de basura.
PARTE 3