El sepulturero solo quería terminar su turno, pero al abrir el ataúd descubrió que el verdadero muerto era el matrimonio de esa mujer-lbsuong

PARTE 1

—Échenle tierra rápido, que ya bastante teatro hizo en vida —dijo la suegra, dejando caer un puñado de tierra sobre el ataúd de Mariana.

El golpe sonó seco, feo, como si la madera se quejara.

En el panteón municipal de San Miguel de Allende, el sol caía como castigo. Eran casi las dos de la tarde y el calor salía de las lápidas como vapor de comal. Aun así, nadie parecía tener prisa por llorar. De hecho, casi nadie había ido al entierro.

Estaban Ramiro, el esposo de Mariana; su madre, doña Elvira, una mujer de mirada filosa y labios apretados; y una muchacha joven con lentes oscuros y mascada negra, que se mantenía un paso detrás de ellos como si no quisiera ser vista, pero tampoco perderse nada.

May be an image of text that says 'FAM RODRIGU 1942- RODRIGL -20 201'

Julián, el nuevo ayudante de sepulturero, observaba en silencio. Llevaba apenas dos semanas trabajando ahí, después de meses durmiendo en la calle, cargando costales en el mercado y aceptando cualquier changa. Don Toño, el velador del panteón, le había conseguido ese empleo porque, según él, “hasta los muertos merecen que los trate alguien con respeto”.

Pero ese entierro no tenía nada de respetuoso.

Mariana había sido una mujer conocida en la ciudad. Dueña de una empresa de productos orgánicos que surtía a hoteles, restaurantes y tiendas de Querétaro.

Decían que era buena patrona, exigente pero justa, y que pagaba bonos a sus trabajadores cuando las ventas iban bien. Por eso a Julián le pareció extraño que su despedida fuera tan pobre, tan rápida, tan fría.

Ramiro ni siquiera lloró. Se limitó a mirar el reloj.

—Ya vámonos, mamá. El notario nos espera mañana temprano.

—Claro, hijo. Aquí ya no hay nada que hacer.

La joven de negro, que Julián después sabría que se llamaba Brenda, dejó caer una pizca mínima de tierra, como quien tira una basura, y se fue detrás de ellos.

Cuando el coche negro desapareció entre los cipreses, Julián tomó la pala. Su tarea era sencilla: cubrir la fosa, levantar el montículo, dejar unas flores encima y cerrar el día. Ya le habían pagado.

Metió la pala en la tierra seca y lanzó el primer golpe.

Luego el segundo.

Y entonces escuchó algo.

Un quejido.

Julián se quedó inmóvil. Miró hacia los lados. No había nadie cerca. Unas señoras rezaban a varios pasillos de distancia, demasiado lejos para que sus voces llegaran así. El aire estaba pesado, quieto.

Volvió a escuchar el sonido.

Venía de abajo.

De la tumba.

Sintió que la sangre se le helaba. Por un momento pensó que el calor le estaba jugando una mala pasada. Tal vez el cansancio, tal vez el hambre, tal vez tanto muerto alrededor metiéndosele en la cabeza.

Pero el quejido se repitió, más claro.

Julián bajó a la fosa con las piernas temblando. El ataúd era sencillo, de madera clara, pero la tapa estaba clavada. Puso la oreja. Dentro, alguien respiraba.

—Virgencita santa…

Con la punta de la pala hizo palanca. La madera crujió. Un clavo saltó. Luego otro. Julián empujó con todas sus fuerzas hasta que la tapa se abrió unos centímetros.

Unos ojos aterrados lo miraron desde dentro.

Mariana estaba viva.

Tenía los labios resecos, la cara pálida y el vestido mortuorio pegado al cuerpo por el sudor. Trató de hablar, pero apenas le salió un murmullo.

—¿Dónde estoy?

Julián retrocedió tanto que se golpeó la espalda contra la pared de tierra.

—Señora… usted… usted estaba…

—Ayúdame —susurró ella—. Agua… por favor.

Julián trepó fuera de la fosa, corrió por una botella que siempre llevaba en su mochila y regresó. Le ayudó a beber poco a poco. Mariana tosió, respiró con dificultad y empezó a llorar sin hacer ruido.

—No llames a nadie —dijo de pronto, tomándolo del brazo—. Todavía no.

—¿Cómo que no? Usted necesita un doctor.

—Si mi esposo me enterró tan rápido… necesito saber por qué.

A Julián se le erizó la piel.

Minutos después logró sacarla del ataúd y sentarla en una banca cercana. Ella no podía caminar bien. Le dolía la cabeza, tenía lagunas mentales y apenas recordaba que una noche antes se había sentido mal en su casa. Después, nada.

Julián la llevó a la caseta de don Toño. El viejo velador casi se persignó con las dos manos al verla entrar con vestido de difunta.

—¿Qué trajiste, muchacho? ¿Una aparición?

—Está viva, don Toño. La iban a enterrar viva.

Mariana se desplomó en el catre.

Mientras don Toño le ponía un trapo húmedo en la frente, Julián regresó a terminar la tumba. Tenía que dejarla como si nada hubiera pasado. Si Ramiro o su madre volvían, no podían sospechar.

Y mientras Mariana recuperaba el aliento en la caseta, Julián cubría con tierra un ataúd vacío.

No van a creer lo que estaba a punto de descubrirse…