PARTE 1
—Mamá, papá no está en Monterrey… lleva cincuenta noches escondido en tu clóset.
Mariana dejó de acariciar el cabello de su hija. Sofía, de siete años, la miraba con la tranquilidad de quien acaba de contar algo cotidiano. Afuera, la lluvia golpeaba las ventanas de la casa en Zapopan; adentro, el pasillo que conducía a la recámara principal parecía más oscuro que nunca.
—No bromees con eso, mi amor. Tu papá está trabajando —respondió Mariana, aunque la voz se le quebró.
Alejandro había salido dos meses antes para dirigir la apertura de una planta en Monterrey. Al principio hacía videollamadas todas las noches. Después comenzaron las juntas, las cenas con inversionistas y los mensajes breves: “Llegué tarde al hotel”, “mañana hablamos”, “cuida a Sofi”. Siempre enviaba fotos de una computadora, documentos y vasos de café, pero nunca mostraba su rostro ni el cuarto completo.
Sofía se incorporó.
—Yo lo vi. Sale cuando tú duermes. A veces toma agua y vuelve a meterse. Me dijo que jugábamos a las escondidas y que no te dijera porque perderíamos.
Mariana sintió un escalofrío. La niña incluso llevaba la cuenta en un calendario escolar: cincuenta estrellitas dibujadas con lápiz morado.
Esperó a que Sofía se durmiera y caminó hacia su habitación con la linterna del celular encendida. El vestidor ocupaba toda una pared, con puertas corredizas de madera oscura. Mariana abrió de golpe. Vestidos, camisas, cajas de zapatos. Nada más.
Soltó el aire, avergonzada de haber creído por un instante aquella historia. En ese momento llegó un mensaje de Alejandro: “Acabo de volver al hotel. Día pesadísimo”. La foto mostraba una laptop y un vaso lleno de hielo. Mariana frunció el ceño. Alejandro padecía gastritis y jamás bebía agua helada.
A la mañana siguiente revisó el vestidor con calma. Detrás de unos sacos encontró un botón azul marino que no pertenecía a ninguna de sus camisas. Luego llamó Teresa, su suegra.
—Espero que estés comportándote mientras mi hijo se mata trabajando —dijo sin saludar—. Me contaron que saliste a cenar con un compañero.
—Fue una convivencia de la oficina. Éramos doce.
—Las mujeres decentes no necesitan dar explicaciones.
Mariana colgó temblando de rabia. Esa tarde, Sofía reveló algo peor: Teresa había entrado con su propia llave mientras Mariana trabajaba, le llevó galletas y le dijo que Alejandro tendría “una vida mucho mejor” sin su esposa.
Esa noche, Mariana apagó todas las luces y pegó el oído a la puerta del vestidor. Primero escuchó su corazón. Después, una respiración contenida y el roce de una tela.
Retrocedió aterrada.
Fue a la cocina. Faltaban yogures, huevos y pan. El recibo del agua había subido casi treinta por ciento desde el supuesto viaje. Ya no podía llamarlo imaginación infantil.
A la mañana siguiente compró una microcámara y la ocultó detrás de un portarretrato frente al vestidor. A las dos de la tarde, mientras preparaba su bolsa para recoger a Sofía, recibió una alerta de movimiento.
En la pantalla, la puerta se abrió apenas. Una mano salió de la oscuridad. En la muñeca brillaba el reloj que Mariana le había regalado a Alejandro por su quinto aniversario.
Era él.
Su esposo no estaba en Monterrey. Llevaba cincuenta días viviendo a escondidas dentro de su propia casa, observándola sin que ella lo supiera.
Y Mariana todavía no podía imaginar la monstruosidad que estaba a punto de descubrir.
PARTE 2