Mariana no enfrentó a Alejandro de inmediato. Guardó el video, dejó a Sofía con su amiga Daniela y revisó cada movimiento grabado. A las 9:40 de la mañana, cuando ella había salido, Alejandro abrió por completo el vestidor. Apartó varios trajes y presionó un panel que Mariana nunca había notado. Detrás había un pequeño cuarto de servicio, clausurado durante una remodelación: un colchón plegable, botellas de agua, una batería portátil, medicamentos para la ansiedad y una mochila.
Alejandro salió demacrado, comió de pie frente al refrigerador y lloró mirando una fotografía familiar. Después hizo una llamada en el patio. Aunque no había audio, discutía con alguien. Minutos más tarde llenó la mochila y abandonó la casa.
Mariana fue con Daniela a la torre corporativa de Andares donde trabajaba su marido. La recepcionista aseguró que Alejandro llevaba semanas en Monterrey y que Ricardo Salgado, el director regional, había autorizado personalmente el proyecto. Sin embargo, su oficina estaba cerrada, su planta favorita se había secado y nadie podía mostrar una sola videoconferencia del supuesto equipo norteño.
En el banco, Mariana descargó los movimientos de la tarjeta compartida. Había cargos diarios en hoteles y restaurantes de Monterrey, pero todos se repetían a las mismas horas y por cantidades idénticas. Eran operaciones programadas para construir una coartada.
Cuando regresó, llamó a Alejandro.
—¿Cómo está Monterrey? —preguntó.
—Pesado. Voy manejando hacia la planta.
—Qué raro. En la cámara te vi salir de nuestra casa con una mochila.
El silencio fue tan largo que Mariana escuchó el viento del otro lado.
—Perdóname —susurró él—. No quería hacerlo.
—Te escondiste para espiarme. Usaste a nuestra hija para preguntarle con quién salía. ¿Por qué?
Alejandro comenzó a llorar. Dijo que lo habían presionado, que todo era más peligroso de lo que parecía y que no buscara a Teresa. Luego apagó el teléfono.
Diez minutos después, Teresa apareció con una bolsa del supermercado y la sonrisa falsa de siempre.
Mariana la dejó entrar y puso el video en la televisión. El rostro de Teresa perdió el color.
—Sí —admitió al fin—. Yo organicé el viaje y convencí a Alejandro de quedarse en ese cuarto. Necesitábamos pruebas.
—¿Pruebas de qué?
—De que engañas a mi hijo. Una mujer como tú no podía tardar mucho en reemplazarlo.
Teresa confesó que había contratado a un investigador privado para fotografiar a Mariana con un compañero y que también había fabricado mensajes románticos. Quería que Alejandro la sorprendiera con otro hombre, pidiera el divorcio, obtuviera la custodia de Sofía y quedara libre para relacionarse con Renata Salgado, la hija del director de la empresa.
—Ricardo encubrió el viaje —dijo Teresa con orgullo—. Si Alejandro se casa con Renata, llegará a la dirección general. Tú eres el único obstáculo.
Mariana activó discretamente la grabadora del celular.
—¿Y si nunca te fui infiel?
—Entonces habría que provocar una situación. El investigador podía entrar, dejar evidencias, lo que fuera necesario. Nadie le cree a una mujer de tu origen contra una familia como la nuestra.
En ese instante se abrió la puerta principal. Alejandro estaba allí, pálido, con la mochila en la mano.
Había escuchado la confesión completa.
Pero antes de que pudiera hablar, Teresa sonrió y lanzó la amenaza que dejó a ambos paralizados:
—Si eliges a Mariana, mañana perderás tu empleo, esta casa y hasta la posibilidad de volver a ver a tu hija.
PARTE 3