PARTE 1

“No te atrevas a moverte de aquí hasta que regrese”, me dijo mi esposo mientras yo estaba doblada del dolor, embarazada de gemelas, y su mamá le pedía que la llevara a comprar una bolsa de diseñador.
Ese día entendí que una mujer puede estar casada y aun así estar completamente sola.
Me llamo Mariana, tengo treinta y dos años, y durante mucho tiempo creí que el matrimonio se sostenía con paciencia. Paciencia cuando mi suegra, doña Carmen, criticaba mi cuerpo embarazado. Paciencia cuando mi cuñada Sofía hacía bromas sobre “lo dramática” que me había vuelto. Paciencia cuando mi esposo, Alejandro, me decía que no exagerara, que su familia era así y que yo debía acostumbrarme.
Pero aquella tarde de martes, en una casa en Naucalpan que supuestamente también era mía, la paciencia se me rompió junto con el alma.
Las contracciones empezaron poco después de las tres. No eran molestias normales. Era un dolor profundo, como si algo dentro de mí se estuviera desgarrando. Yo tenía treinta y ocho semanas de embarazo de gemelas, y desde hacía meses mi ginecóloga me había advertido que no debía esperar demasiado si empezaba el trabajo de parto.
Me apoyé en la barra de la cocina, sudando frío.
“Alejandro…”, grité como pude. “Necesito ir al hospital. Ya vienen las niñas.”
Él salió de la sala con el celular en la mano, molesto porque le interrumpí un video. Por un segundo pensé que reaccionaría. Tomó las llaves de la camioneta y se acercó.
“Vamos”, dijo.
Sentí alivio. Uno absurdo, ingenuo, como si en ese instante mi esposo pudiera borrar todos los meses en que me había hecho sentir una carga.
No alcanzamos ni a llegar a la puerta.
Doña Carmen apareció en el pasillo, perfumada, maquillada, con su bolsa dorada colgando del brazo. Detrás de ella venía Sofía, arreglándose el cabello y mascando chicle.
“¿A dónde creen que van?”, preguntó mi suegra, mirándonos como si yo estuviera haciendo un berrinche.
“Mariana está en labor”, respondió Alejandro, aunque sin fuerza.
Doña Carmen soltó una risa seca.
“Ay, por favor. Las primerizas siempre hacen escándalo. Llévanos primero a Santa Fe. En Palacio me apartaron una bolsa y la promoción se acaba hoy.”
Yo la miré sin poder creerlo.
“Doña Carmen, mis hijas están por nacer.”
“Tus hijas pueden esperar”, contestó. “Mi parto con Alejandro duró casi un día. No te vas a morir por quedarte acostada un rato.”
Otra contracción me dobló las rodillas. Me agarré del brazo de Alejandro.
“Por favor. Algo no está bien. Necesito un médico.”
Él no me miró a los ojos. Miró a su mamá. Luego a Sofía. Luego al piso.
Ahí supe que ya había decidido.
“No empieces, Mariana”, dijo en voz baja.
“¿Qué?”
“Mi mamá lleva semanas esperando esa bolsa. Vamos y regresamos rápido.”
Sentí que el pecho se me cerraba.
“Alejandro, estoy en trabajo de parto.”
Entonces su cara cambió. Se endureció como si mi dolor fuera una ofensa.
“No te atrevas a moverte de aquí hasta que regrese”, me ordenó. “Acuéstate. Toma agua. Y deja de hacerte la víctima.”
Don Roberto, mi suegro, apareció desde el comedor con el periódico bajo el brazo.
“Hazle caso a tu marido”, dijo sin levantar la voz. “Las mujeres antes parían en los ranchos sin tanto teatro.”
Sofía se rio.
“Además, si se va al hospital ahorita, nos arruina toda la tarde.”
Alejandro abrió la puerta. Doña Carmen pasó primero, satisfecha. Sofía detrás. Antes de salir, mi esposo volteó apenas.
“Vuelvo en un par de horas.”
La puerta se cerró.
Y con ese golpe entendí que para ellos mi vida valía menos que una bolsa de piel.
Me quedé sola en la sala, con Don Roberto subiendo el volumen de la televisión para no escuchar mis gemidos. Cada contracción venía más fuerte, más seguida, más cruel. Busqué mi celular con manos temblorosas, pero apenas podía ver la pantalla. Mis papás estaban en Mérida, celebrando su aniversario. Mi mejor amiga, Lucía, vivía en Querétaro… o eso creía yo, porque Alejandro me había hecho alejarme de todos poco a poco.
Veinte minutos después sentí un líquido caliente correr por mis piernas.
Se me rompió la fuente.
El terror me atravesó completa.
Intenté levantarme, pero las piernas no me respondieron. Pensé que iba a parir en ese sillón, sola, mientras mi esposo elegía entre complacer a su mamá o salvar a sus hijas.
Entonces sonó el timbre.
Una vez. Dos veces.
Después golpes desesperados en la puerta.
“¿Mariana? Soy Lucía. Vine a dejarte lo de la invitación. ¿Estás ahí?”
Grité con lo último que tenía.
“¡Lucía, ayúdame!”
La puerta se abrió. Gracias a Dios, Alejandro había salido tan apurado que no puso el seguro completo.
Lucía entró con un sobre en la mano. Al verme empapada, pálida y retorciéndome en el sillón, se le borró la sonrisa.
“¿Dónde está Alejandro?”
“Se fue”, lloré. “Se fueron de compras.”
Lucía no preguntó más. Me tomó del brazo, llamó a emergencias y gritó hacia el pasillo:
“¡Don Roberto, llame una ambulancia!”
Mi suegro ni siquiera se levantó.
“Ella exagera”, dijo desde la sala.
Lucía lo miró con un odio que jamás había visto en su rostro.
“Si estas niñas mueren, usted también va a cargar con esto.”
Me subió a su coche como pudo. Manejó hacia el hospital con las intermitentes encendidas, tocando el claxon, rezando entre dientes. Yo iba perdiendo la noción de todo.
Al llegar, los médicos corrieron conmigo. Me pusieron monitores. Una enfermera se quedó helada al ver la pantalla.
“Las bebés están sufriendo”, dijo. “Preparen quirófano.”
Y justo cuando pensé que nada podía ser peor, Alejandro entró furioso al área de urgencias.
Venía con su mamá y su hermana.
Y todavía traían bolsas de compras en las manos.
No podía creer lo que estaba por pasar…